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Destino cómplice


“Se vende”. Con esas dos palabras, mi hermano veía cumplido su deseo: deshacernos de la casa familiar en el pueblo. Salí al jardín y mis pies fueron solos hasta la vieja higuera, el árbol preferido del abuelo. Mi dolor brotó allí, mientras mis manos acariciaban su tronco y yo sentía su cobijo quizás por última vez. Era diciembre, de sus ramas no pendían higos, pero sí recuerdos. Oí entonces el WhatsApp del móvil. Era mi cuñada: “Luis ha tenido un accidente. Ven al hospital. Está grave.” Sonreí complacido. Había esperanza.

 

Susana