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LAS SENTINAS DEL señor

 

En el corazón de un país sin nombre, gobernaba un primer ministro cuyos secretos eran tan oscuros como sus noches. El pueblo, exhausto y desesperanzado, vivía bajo el yugo de un hombre que había aprendido a manipular las mentes antes de aprender a gobernar. El primer ministro, conocido simplemente como “El Señor” entre sus allegados, era un embaucador nato, capaz de convencer a sus ministros de la veracidad de sus mentiras y de hacer creer a su pareja que el amor era solo una palabra vacía.

A pesar de su poder, El Señor arrastraba consigo una serie de vicios ocultos que lo consumían. En la soledad de su despacho, tras las cortinas de terciopelo, se entregaba a prácticas sadomasoquistas, buscando en el dolor un alivio a su vacío existencial. Pero no solo eso: rumores de pederastia corrían como ríos subterráneos entre los pasillos del poder, aunque nadie se atrevía a denunciarlo. Y en lo más profundo de su ser, una dicotomía interna lo torturaba: ¿era hombre o mujer? Ni él mismo lo sabía, y esa duda lo llevaba a extremos de crueldad y manipulación.

Sus ministros, atrapados en una red de enredos y falsedades, temían más por sus vidas que por el bienestar del país. Cada uno tenía algo que ocultar, y El Señor lo sabía. Los chantajeaba, los amenazaba, los manipulaba. Nadie estaba a salvo de su maldad, ni siquiera su pareja, una mujer noble y valiente que intentaba hacer el bien a pesar de todo.

Diálogo entre el Primer Ministro y su Ministro de Defensa —Ya sabes lo que pasa si me fallas —dijo El Señor, mirando fijamente a su ministro de Defensa, el general Amarillo.

—Sí, señor. Pero la situación en el sur es insostenible. La gente se muere de hambre.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Darles de comer? —El Señor rió con desprecio—. Eso no es asunto mío. Lo que importa es que el poder siga en mis manos.

—Pero, señor, si esto sigue así, habrá una revuelta.

—Entonces reprímela. ¿Acaso no tienes soldados? —El Señor se acercó al general y le susurró al oído—: Y recuerda, tengo información sobre ti que no querrías que saliera a la luz.

El general palideció y asintió con la cabeza, sabiendo que estaba atrapado.

El Caos en las Calles

Mientras tanto, en las calles, el caos crecía día a día. La gente, harta de la corrupción y la injusticia, comenzaba a organizarse. Las protestas eran reprimidas con violencia, pero el descontento no cesaba. El Señor, encerrado en su palacio, creía que podía controlarlo todo, pero la realidad se le escapaba de las manos.

Su pareja, la señora Berta, intentaba ayudarlo, pero él la rechazaba con crueldad.

—¿Por qué no me dejas ayudarte? —le preguntó una noche, mientras él contemplaba la ciudad desde la ventana.

—¿Ayudarme? —El Señor se rió—. ¿Tú? No sabes nada de poder. Eres solo una mujer débil, con cuerpo de silicona y vestidos de Armani

—No soy débil —replicó Berta, con lágrimas en los ojos—. Y si no cambias, este país se hundirá.

—¡El país es mío! —gritó El Señor, golpeando la mesa—. Y haré con él lo que me plazca.

El Juicio

El desenlace llegó de forma inesperada. Un grupo de ministros, hartos de la tiranía, conspiró contra El Señor. Lo acusaron de corrupción, abuso de poder y crímenes indescriptibles. El juicio fue rápido y público. El pueblo, reunido en la plaza, escuchó los testimonios de sus víctimas, de los niños abusados, de las familias destruidas.

El Señor, ante la evidencia, perdió la compostura. Gritó, lloró, amenazó, pero ya no tenía poder sobre nadie. Al final, fue declarado culpable de todos los cargos. El juez, con voz firme, dictó la sentencia:

—Condenado a pasar el resto de sus días en un manicomio, lejos de la sociedad a la que tanto daño ha causado.

El Final

El Señor fue llevado a un hospital psiquiátrico, donde pasó el resto de su vida encerrado, atormentado por sus propios demonios. El país, aunque herido, comenzó a sanar. La gente aprendió que el poder absoluto corrompe absolutamente, y que la justicia, aunque tarde, siempre llega.

Y así, la historia del primer ministro despótico, egocéntrico y enfermo, quedó como advertencia para las generaciones futuras.

Diálogo final (entre dos ciudadanos en la plaza):

—¿Crees que algún día volverá? —preguntó un joven, mirando el palacio vacío.

—No —respondió el anciano, con una sonrisa triste—. Nadie vuelve del manicomio del olvido. Y menos alguien como él.

 
Maite Zapata