Aperol Spritz
Ana tomaba su Aperol Spritz mientras veía cómo él entraba en el hotel, seguido de la chica, con la que a todas luces compartiría habitación.
Ya estaba anocheciendo en la Plaza de San Marcos, en Venecia, y el crepúsculo de septiembre invitaba a la gente a meterse en bares y restaurantes. La ciudad, bella como nunca, recordaba a los turistas que era mejor hacer una pausa en su deambular por plazas y puentes. Quizás por la noche hubiera otra oportunidad para perderse por las serpenteantes calles venecianas. Así que las terrazas se fueron despoblando, pero Ana todavía seguía allí, con sus gafas de sol y su copa, enfrente del hotel donde su marido, Javier, le estaba siendo infiel por enésima vez.
Como de costumbre, le había mentido sobre un viaje de negocios. Era el director de ventas de una fábrica de jamones de Guijuelo, y siempre se excusaba con el cuento de que, en un mundo globalizado, era muy necesaria la venta en el extranjero para la expansión de la empresa.
—¿Y no puedo ir yo contigo? Es que nunca hacemos nada— le había suplicado ella en alguna ocasión.
—Sería muy poco profesional por mi parte, además, ya sabes que tenemos lo de Venecia pendiente. Ya haremos ese viaje cuando se pueda.
Y qué ironía del destino, allí estaba, en la ciudad de sus sueños, viviendo una pesadilla. Ya intuía que en aquellos viajes no ofrecía más género que el propio, pero la confirmación la obtuvo cuando, sospechando de cierto aroma a vainilla en una de sus camisas, decidió revisar el historial de su ordenador. Y el descubrir las páginas de reservas de habitaciones, siempre para dos personas, en hoteles de ciudades que él nunca había nombrado, acabó por convencerla de que Javier, además de tratarla como un trapo, no tenía ningún escrúpulo a la hora de quedar con otras mujeres.
Porque sí, la maltrataba. Pero ella se había convencido de que era lo normal. Era su novio desde los dieciséis años, nunca había tenido otra cosa que lo vivido con él. No había conocido más que esa relación tóxica de la que no quería o no podía salir. Ella lo había aguantado todo: vejaciones, insultos delante de amigos, empujones, algún tortazo,… incluso que la forzara al sexo lo sentía como un deber como mujer, como si ceder en la cama hiciera que él la quisiera o la valorara más. Pero el descubrir que encima se acostara con otras fue un baño de realidad, una epifanía.
Por eso, en aquella ocasión lo había seguido en el coche que le había prestado una amiga. De Salamanca al aeropuerto de Barajas, donde lo espió en la distancia hasta el mostrador 856 de Iberia donde iba a facturar su maleta. El corazón se le paró cuando vio en la pantalla superior el maldito y ansiado destino: Venecia.
Dio otro sorbo a su Aperol mientras recordaba todo lo que la había llevado hasta allí: tenía vagos flashes de ella misma preguntando si quedaba algún billete para el vuelo, luego había permanecido a la máxima distancia posible de Javier, que ya en la puerta de embarque abrazaba y besaba sin rubor a una morena diez años más joven. Por suerte estaba tan concentrado en la chica que nunca hubiera reparado en que la mujer que había pasado a su lado era su esposa Ana, oculta bajo un disfraz improvisado en las tiendas del Duty Free: una colonia diferente, un tono de maquillaje diferente, gafas de sol y pañuelo.
El taxi también lo pagó con la tarjeta común, como había hecho con el billete de avión. Él nunca miraba los gastos hasta fin de mes cuando, si la cifra se pasaba de lo que él creía razonable, se lo hacía saber de manera explícita, incluso llegando a las manos. Le dijo al taxista en inglés y con gestos que siguiera al coche que arrancaba a unos metros
—Ay signora, che tristezza che un uomo cattivo le abbia rubato il cuore— susurró, suspirando, el conductor, mientras encendía el taxímetro.
Ya a pie les siguió hasta una plazoleta, donde se separaron con un beso. Javier, cuando perdió de vista a la chica, cogió el móvil y tecleó algo. Al instante el móvil de Ana vibró en su bolsillo. Ni se molestó en mirarlo. Sería el típico mensaje de siempre, algo así como “estoy hecho polvo de la reunión, todo bien pero me voy a dormir, un beso y hablamos mañana”. Después él se dirigió a Plaza de San Marcos y se sentó en una terraza a tomar un café. Ella lo hizo en otra a unos cincuenta metros y pidió el cóctel que todo turista debía probar en aquella ciudad decadente. Sin quitarse las gafas, se divirtió viendo como Javier se impacientaba al ver que su mensaje no obtenía contestación. Le escribió otro, y otro. El móvil de Ana seguía emitiendo un zumbido que ahora se le antojaba agradable. Vio, mientras aspiraba con una pajita aquella bebida que le parecía un néctar de dioses, como él cada vez estaba más enfadado. Se le ocurrió algo fantástico: le hizo una foto. Después abrió el chat del Whatsapp para que él viera que había leído sus mensajes, y volvió a salirse de la aplicación. Entonces Javier la llamó una, dos, tres…. Hasta seis veces, cada vez más encolerizado. Hasta que llegó su acompañante con un montón de bolsas de papel llenas de ropa. La pobre chica se quedó helada cuando él le gritó increpándola por llegar tarde y por llevar tantas bolsas, o eso intuía Ana por los gestos y el lenguaje corporal. Se fueron al hotel, ella caminando a dos metros detrás de él, con la cabeza baja, y él dando zancadas, sin parar de mirar el móvil.
—Altro, signora?
La voz del camarero la sacó de su ensimismamiento.
—Eh, esto perdone no, no hablo italiano. ¿English?
—Anything else, madam?
Y con un brillo especial en sus ojos consultó el menú, sin prestar atención a la columna de los precios.
…
Como cada final de mes, Javier comprobó en el trabajo el dinero de la cuenta común que tenía con su esposa. “Como haya bajado de los 5000, la tenemos” pensó. Ya estaba bastante caliente con ella porque había tenido que ir de urgencia a Madrid a cuidar de su hermana. Llevaba ya dos semanas fuera. Cuando volviera le iba a demostrar qué poco le había gustado ese irse de repente, avisando por teléfono a media mañana. “Esta Ana es gilipollas, la tienen toreada en su familia, la tonta que siempre tiene que ayudar”, se quejó mientras metía la contraseña en la aplicación del banco.
No comprendía nada. La cuenta estaba a cero. Tenía que ser un error. Comprobó los gastos y se le heló la sangre: había pagos en cafeterías, restaurantes, tiendas de lujo… ¡En Venecia! Incluso había uno de 150 euros a lo que parecía ser una agencia de góndolas. Pero él no recordaba haber hecho esos gastos. Y bien se cuidaba de usar solo su tarjeta privada en sus escapadas. Además, alguien había hecho varias retiradas de efectivo durante los últimos 15 días. ¿Qué estaba pasando? ¿Alguien le había duplicado la tarjeta a la imbécil de Ana?
Cogió el teléfono para llamarla, pero ella no contestó. Iba a marcar de nuevo cuando recibió una foto en el chat que tenía con ella. La abrió: Era un selfie de Ana en un lugar que le resultaba familiar. Tardó en darse cuenta de dónde era hasta que se vio a sí mismo en el fondo, enfadado, hablando con su amante. En primer plano su mujer sonreía con un Aperol Spritz en la mano. La foto llevaba un comentario:
Muchas gracias por haberme regalado ese fin de semana en Venecia que me habías prometido. Ciao, Bello!
Luis Jaraquemada
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