pasion por escribir santa marta de tormes noticias

APARIENCIAS

Con esa voz meliflua era imposible prever la mala persona que era, o al menos especial. Te costará creerlo, pero así era ella, nada más y nada menos, te estoy hablando de Dª Margarita de les Enfants de la Patrie. Sí, la misma que sale firmando artículos en la prestigiosa revista Sciencie y que es Catedrática de la Universidad en la especialidad de Astrofísica.

El que os habla es su marido, D. Luis Bonaparte de la Table Ronde, o sea yo. Y quiero dejar claro que lo que cuento no es por envidia o revancha, sino para dejar constancia del carácter de mi consorte para quien no la conozca de verdad.

Pensaréis que con los apellidos que nos acompañan somos de Francia. Pues no. Ella nació en Garrido y yo en Pizarrales. Es posible que algunos soldados de Napoleón que pasaron por estas Tierras Charras, cansados de la batalla de Los Arapiles, desertaran de sus ejércitos atraídos por las bellezas del lugar y pusieran en práctica el lema “”Faites l’amour, pas la guerre”, adelantándose a los años sesenta, dejando sus genes desperdigados por aquí y que con nosotros volvieron a encontrarse.

Ambos nos conocimos en La Glorieta durante un concierto de Mecano. Yo la ofrecí una exquisita Verónica y ella entró sin dudar al capote. Después, esa noche fuimos cantando “Hijo de la Luna” hasta La Alamedilla, donde pusimos nombre a todas las estrellas.

Ahora ella era rica, vivía en Gran Vía,  yo no, malvivía en Tejares. Yo carecía de pasado y de futuro, ella me ofreció un presente, y me aferré a él aun sospechando que pudiera ser imperfecto del subjuntivo. Los primeros días fueron la gloria. Después de unas semanas, mi gallarda presencia se desvaneció en estorbo y mi respiración fuerte se convirtió en ronquido para terminar siendo el expreso de medianoche. ¡Vamos!, que terminé durmiendo en el trastero. Eso sí el resto del día lo pasaba en el elegante piso. Alguien tenía que cocinar y pasar la aspiradora.

Pero ella no se quedaba atrás. El primer día me asustó sobremanera. Mientras se duchaba empezó a cantar la “Marsellesa”. ¡Qué berridos!. En ese tiempo tenía un loro en casa que la hacía los coros diciendo “Mon Dieu la France”.  A los pocos días fue perdiendo plumas yapostaría que terminó muriendo sordo y deprimido.

En casa éramos de leer mucho a los Ilustrados: Rousseau, Molier, Voltaire, Diderot… E incluso en las noches largas de invierno pasábamos buenos ratos teatralizando obras de nuestros autores clásicos. Hasta aquí bien, pero lo que no era justo es que ella eligiese siempre los papeles protagonistas y a mí me dejase siempre los secundarios. Y no sólo eso, al final, a falta de público y de loro tenía yo siempre que aplaudirla, mientras hacía reverencias a un lado y a otro. A mí nunca me aplaudía nadie y lo echaba de menos.

Era una persona de mucha relación social. Quedaba con frecuencia con sus compañeros del departamento universitario en las terrazas lujosas de la Plaza Mayor y me obligaba a acompañarla siempre. Allí solían hablar de su temas preferidos: constelaciones, agujeros negros, teoría de cuerdas, neutrinos…, en fin, de cosas ajenas a mi interés. Ante mi aburrimiento la preguntaba que para qué quería que estuviese allí si no intervenía en nada. Su respuesta era reiterativa: “Para guardarme el bolso y pagar la cuenta”. No entendía que su bolso necesitase un guardaespaldas, como si guardase la fórmula secreta que explicase la Teoría de la Relatividad. Y ahí me teníashaciendo crucigramas mientras esperaba cumplir con mis obligaciones.

Los miércoles convocaba a sus amigas más íntimas a tomar té con pastas en casa. A mí me disfrazaba de mayordomo para dar más empaque al acto. Servía primero el té  y luego el vino dulce. Por la segunda copa empezaban a perder los filtros cotilleando todo lo que podían, poniendo a caldo desde la mujer del alcalde hasta al cura de la parroquia. No tenía más remedio que enterarme de todo. ¡Ay si yo hablase…!. Pero lo que peor llevaba era el olor a naftalina del disfraz de mayordomo.

La noche de los viernes eran especiales. Invitaba a susantiguas y fieles amistades. El abogado Pompadou, el piloto Monsier Concorde, la actriz Miss Majorette y el notario Le Blanche. Después de cenar, se hizo costumbre jugar a la gallinita ciega. Por cortesía yo era el que primero se la quedaba. La anfitriona  ponía a todo volumen en el tocadiscos  “La cabalgata de las Walkirias” de Wagner y apagaba todas las luces. Así empezaba el juego por todo el piso. Ya la primera noche, cuando me acerqué a oscuras a su dormitorio percibí unos extraños sonidos, como gemidos. Después de terminar la música las luces se encendieron y  la amplia sonrisa del notario me convenció de que éste había levantado acta. Por imitación aprendí para los futuros viernes a dejar al resto y centrarme en buscar a Miss Majorette con quien intimé mucho al compás de las Walkirias. El piloto y el abogado creo que al final también se hicieron muy amigos. En fin, que todos terminábamos bastante satisfechos aprovechando que la gallina estaba ciega.

Como comprobaréis estoy llevando una vida un poco anodina y de actor secundario, pero si tuviera que elegir entre esto  y un posible futuro imperfecto del subjuntivo que me pudiera venir, pues eso, que me quedo con el presente imperfecto.

Me faltaría contaros muchos más chismes de mi consorte, y sobre todo un secreto que yo sé y que ella cree que nadie sabe, pero eso será para el próximo capítulo.

Joseant Moreno