Con las manos manchadas de barro, lágrimas recorriendo mis mejillas, la blusa rasgada y el corazón desbocado, llegue a la comisaría de Cali.
Una joven se percató de mi estado y, pretendiendo ayudarme, casi me empujó para cruzar el umbral.
Alli dentro el agente, indicándome a qué despacho dirigirme, señaló la silla dónde debía esperar a su jefe.
El subcomisario Emiliano Hernández – observé en su placa- era un hombre bajito, con bigote y moreno. Con una indolencia que pude reconocer al instante, solicitó primero mis datos. Y sin dejar de mirar la pantalla mientras tecleaba me preguntó:
― ¿Qué llevaba puesto?
Intenté calmarme a fin de poder explicar lo sucedido coherentemente, detallando que era alguien alto y con una sudadera azul.
Con gran apatía en sus palabras, me percaté que en ningún momento se dignó a mirarme y volvió a insistir:
― ¿Qué llevaba puesto? Usted, señora. ¿Qué llevaba puesto usted?
En ese momento bajé la mirada hacia las manos, aun agarrotadas, manchadas también de sangre.
Laura Blaquez
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