Maika, una embajadora de Santa Marta que conquista la brisa del Mediterráneo

La hostelera santamartina, reconocida por el Ayuntamiento en el Día Internacional de la Mujer, ha dedicado más de tres décadas a convertir la gastronomía salmantina en una seña de identidad en la costa valenciana

REDACCION. SANTA MARTA DE TORMES 10 de junio de 2026

Hay personas que parecen destinadas a unir mundos. Personas que, allá donde la vida las lleva, conservan intacto el aroma de sus raíces y lo comparten con quienes encuentran en el camino. Personas que convierten la distancia en cercanía y la nostalgia en hospitalidad. María del Carmen Moreno, Maika para todos los que la conocen, pertenece a esa estirpe de mujeres discretas, trabajadoras y cargadas de personalidad que dejan huella.

El pasado 8 de marzo, el escenario del Auditorio Enrique de Sena se convirtió en el lugar donde Santa Marta quiso devolverle una pequeña parte de todo lo que ella ha llevado de su pueblo durante décadas. El reconocimiento recibido como mujer emprendedora no fue únicamente un premio a una trayectoria profesional, lo fue también en homenaje a una forma de vivir, de trabajar y de representar a su tierra a cientos de kilómetros de distancia.

La historia de Maika es de esas que se escribe con los ingredientes que suelen acompañar a las grandes historias, amor, esfuerzo, sacrificio y perseverancia. Porque fue precisamente el amor el que la condujo hace más de treinta y cinco años hasta Cullera. Junto a Carlos, su compañero de vida, comenzó una aventura que acabaría convirtiéndose en mucho más que un proyecto empresarial.

Desde entonces, el restaurante Bariloche se ha convertido en una referencia social y gastronómica de Cullera, convirtiéndose en un punto de encuentro, un lugar de celebraciones, de reencuentros y de conversaciones interminables frente al mar. Y detrás de sus fogones siempre ha estado Maika, guardiana de los sabores, de las recetas y de esa manera de entender la cocina que no se aprende, sino que se siente.

A pesar de los más de setecientos kilómetros que separan Cullera de Santa Marta, nunca ha dejado de mirar hacia su tierra. Su vida transcurre entre dos paisajes que ya forman parte de su identidad, las aguas tranquilas del Tormes y la serenidad azul del Mediterráneo. Quizá por eso cada plato servido durante estos años ha llevado implícito un pequeño homenaje a Salamanca. Porque Maika ha ejercido, casi sin proponérselo, como una extraordinaria embajadora de la gastronomía salmantina en la costa valenciana. Los sabores de su tierra han cruzado con ella media España para encontrar acomodo en las mesas del Bariloche y también en el restaurante Poseidón, regentado por su hijo y situado igualmente frente al Mediterráneo.

Quienes llegan desde Santa Marta hasta Cullera saben que, al cruzar las puertas de ambos restaurantes, encuentran mucho más que una buena cocina. Encuentran una bienvenida sincera, una conversación cercana y la sensación de que, por unas horas, la distancia desaparece. No son pocos los santamartinos que cada verano buscan ese rincón junto al mar donde se comparten acentos, recuerdos e historias.

Durante estos treinta y cinco años, Maika ha contemplado la transformación de Cullera. Ha visto cómo una ciudad turística cambiaba de piel, cómo evolucionaba desde aquellos años de la efervescencia de la Ruta del Bakalao hasta convertirse en uno de los destinos familiares más apreciados del Mediterráneo. Ha visto crecer avenidas, paseos y urbanizaciones, pero también ha visto crecer generaciones enteras que hoy siguen eligiendo sus playas para pasar los días de descanso.

Con la serenidad que da el tiempo, recuerda una Cullera distinta, más pequeña, más estacional, y observa con orgullo cómo la localidad se ha consolidado como un referente turístico capaz de atraer cada verano a cientos de miles de visitantes. Una ciudad moderna, dinámica y abierta al mundo, que convive con grandes eventos como el Medusa Festival o el Zevra Festival sin perder su esencia mediterránea. Pero por encima de cualquier transformación urbanística o turística, permanecen quienes la han llenado de alma. Personas como Maika, que han dedicado su vida a recibir a los demás con la misma cercanía de siempre, convirtiendo la hospitalidad en un arte y la generosidad en su mejor carta de presentación.

Por eso, el reconocimiento recibido el pasado 8 de marzo tiene un significado que va mucho más allá de una distinción institucional. Es el homenaje a una mujer que nunca olvidó de dónde venía. A una santamartina que lleva el nombre de Santa Marta al otro lado de la península simplemente siendo ella misma. A alguien que ha construido, plato a plato, conversación a conversación y verano tras verano, un hermoso puente de afecto entre las orillas del Tormes y las aguas luminosas del Mediterráneo.

Porque hay personas que marchan lejos. Y hay personas que, como Maika, consiguen que su tierra viaje siempre con ellas.