Dos orejas y rabo para Raquel Martin, que sale triunfadora del festival de Villoria

La novillera de Santa Marta, Raquel Martín, abre la Puerta Grande de la plaza de La Vega tras cuajar una honda faena al cuarto de la tarde, de la ganadería de Valdeflores

REDACCION. SANTA MARTA DE TORMES 13 de abril de 2026 

No era tarde propicia para liturgias al sol, pero la afición al toro se impone a cualquier inclemencia, y Villoria, fiel a su cita con la festividad del Voto, volvió a vestirse de gala. La plaza de La Vega, coqueta, engalanada con mimo y rebosante de público, ofrecía ese aire de celebración antigua donde todo parece dispuesto para que suceda algo importante.

Y sucedió.

Raquel Martín llegaba sin hacer ruido, pero con ese poso de quien intuye que la tarde puede ser suya. Su llegada a la plaza, a bordo de la veterana Volkswagen de los años cincuenta y guiada de la mano del cochero, Carlos Barriga, tenía algo de estampa costumbrista, de torería sin artificio, que conectaba con la esencia del festejo.

Cerraba plaza. Y cuando el de Valdeflores asomó por chiqueros, negro, bien armado, serio y sin excesos, la tarde empezó a tomar forma. El novillo salió algo suelto, distraído en los primeros compases, pero bastaron un par de lances para fijarlo al capote. Raquel lo entendió pronto. Las primeras verónicas, aún por ajustar, dieron paso a un trazo más templado y asentado, hasta dibujar una media de remate que alborotó los tendidos.

Había intención. Y había sitio.

Brindó a sus compañeros de cartel, en un gesto sincero, de los que no se impostan, y tomó la muleta con la serenidad de quien sabe que todo está por hacer. El inicio, por bajo, fue un diálogo firme para someter al novillo, que hacía por desentenderse sin terminar de humillar. La clave estuvo en la insistencia sin brusquedad, en la paciencia de quien dibuja fino.

Por el pitón derecho llegaron los primeros lances por abajo, aún con cierta protesta del animal. Pero fue al natural donde la faena encontró su verdad. Raquel se plantó, vertical, sin ceder terreno, y empezó a ligar, a firmarlos con quietud y mando, vaciándose en cada pase. Tres tandas, profundas, de mano baja y trazo largo, que hicieron brotar los primeros “olés” del respetable.

Ya todo tenía otro pulso.

El cambio de mano, cosido a la muleta, abrió el viaje de regreso al pitón derecho, donde la faena ganó en ligazón y cercanía. El novillo, ya entregado, siguió la tela con más celo, y la novillera aprovechó esa inercia para sacar de cada embestida tandas cada vez más ceñidas. Una faena medida y justa en el tiempo y en las fuerzas del animal.

Y lo fue.

La estocada, entera y certera, hasta los gavilanes, ejecutada con decisión y pureza, sin titubeos. El novillo no necesitó descabello y la plaza, ya en pie, pidió con fuerza el premio. El palco atendió y concedió los máximos trofeos, las dos orejas y el rabo. Raquel Martín había cuajado una faena de poso.

Del resto del festejo, dejó su huella la solvencia de Damián Castaño, que paseó una oreja, mientras que Manuel Diosleguarde y Jarocho fueron ovacionados tras sus respectivas actuaciones. El conjunto ganadero, con ejemplares de Valrubio y Valdeflores, ofreció una buena y bien presentada novillada.