El lunes sin culpa

Salamanca celebra su tradición más pícaro-literaria entre hornazo, memoria y el eco irreverente de siglos de historia

REDACCION. SANTA MARTA DE TORMES 13 de abril de 2026 

Dicen que todo comenzó bajo el reinado de Felipe II, un monarca severo que en su afán por custodiar la moral durante la Cuaresma, ordenó apartar de la ciudad a las mujeres de vida alegre. Así, mientras las campanas llamaban al recogimiento, ellas eran conducidas al otro lado del río Tormes, donde aguardaban el final de la penitencia.

El Padre Putas

Allí quedaban, custodiadas por un clérigo de oficio singular, bautizado por la picaresca estudiantil con un apodo que la historia no ha querido suavizar. Y mientras la ciudad se entregaba al ayuno y la contención, al otro lado del río se sostenía una espera que era, en el fondo, la antesala para celebrar la vida en una ciudad con alma.

Porque todo cambia cuando pasa la Pascua.

El lunes siguiente, Salamanca se desata. Los estudiantes del ayer como los de hoy, toman el pulso a la jornada, afinan guitarras, llenan botas de vino y cruzan el puente con una mezcla de ceremonia y travesura. No es solo un encuentro, es una recuperación, un regreso celebrado entre risas, música y miradas que no piden permiso.

El Hornazo

Y en medio de todo, como un símbolo de la libertad recuperada, aparece el hornazo. Redondo o cuadrado, dorado y generoso en su interior, cargado de embutidos y huevos duros, es mucho más que un alimento, es toda una declaración de intenciones, de identidad, donde cada bocado rompe con la abstinencia y cada cacho abre la puerta a la celebración mas pagana que cuenta nuestra historia.

El Lunes de Aguas

Las riberas del Tormes se llenan entonces de vida. Mantas extendidas, grupos que cantan, parejas que se buscan, amigos que brindan. Hay algo de antaño en el aire, como si cada gesto fuera repetido desde hace siglos, como si la ciudad entera recordara sin la necesidad de las palabras su fiesta pagana.

El Lunes de Aguas es esa tradición de carácter, de impronta huella de una Salamanca que nunca ha dejado de ser universitaria, irónica y libre en su manera de entender la vida. Una ciudad que sabe reírse incluso de sus propias normas, que transforma la historia en rito,  el rito en fiesta, la fiesta en vida y la vida en historia.

Y así, año tras año, cuando la primavera comienza a asomarse entre las piedras doradas, Salamanca vuelve a cruzar su río Tormes para encontrarse con su alma y con su historia, mezcla de memoria, irreverencia y alegría que simboliza el Lunes de Aguas.