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El libro y el papel

Hasta no hace mucho hablar del ‘libro de papel’ parecía un redundancia, porque los libros no
podían ser más que de papel. Aunque la misma palabra ya ha cambiado de objeto en ocasiones.
Liber en latín significa corteza de árbol, porque en otro tiempo este era el material donde se
depositaban los garabatos simbólicos de la escritura. Pero también papel se las trae, ya que
procede de la palabra papiro, es decir, otra planta.
A lo que voy, que el papel está siendo sustituido por pantallas luminosas, donde se plasman
las palabras secuencialmente. Hay quien se resiste a este cambio y recurre a tópicos manidos
para justificarse; justificarse de nada, porque lo que se ha vivido y querido, se añora y se teme
su desaparición. Una justificación que no tiene sentido es la de apreciar el olor del libro, como si
tuviera algún olor específico. La tinta impresa, cuando huele, no es agradable al olfato. Si los
libros tuvieran un olor específico, tal vez en las librerías y biblioteca pudieran ordenarse por
olores. Hay quien alega que le encanta sentir el tacto de las cubiertas, del papel. Parece que
hemos descubierto últimamente el cosquilleo de la palpación. No conozco impresores o editores
que hayan pensado en el olor o en el tacto al diseñar los libros.
Sí conozco, sin embargo, diseñadores de cubiertas o portadas que tras leer el libro han
pasado noches imaginando una imagen atractiva, un dibujo que resuma o vaya en consonancia
con el contenido, incluso lo enriquezca. Hay cubiertas que son verdaderas obras de arte, que
despiertan en nosotros el placer de contemplarlas, que atraen nuestra atención desde el
escaparate de la librería. La cubierta, como el portal de una casa, nos invita a pasear por su
interior. Y en ella no solo hay horas de trabajo, sino vena artística. Y el diseñador pasa
desapercibido, entramos en el contenido sin siquiera llamar a la puerta.
No digamos de los ilustradores… Cuánto se echa de menos a un Gustav Doré, a un Mingote,
y otros muchos que se han dejado las pestañas estampando en las páginas interiores las
pinceladas artísticas tan gratificantes o más que el propio contenido. No olvidemos a los
diseñadores de obras científicas, de libros de viajes, de cuentos infantiles,… ¡Qué maravillas!
Tampoco nos fijamos en los tipos de letra. Precisamente han sido los procesadores de texto
informáticos los que han despertado cierto interés por el asunto. ¿Quién no conoce el tipo de
letra Times New Roman, o Arial, o más difícilmente Garamond o Courier…? El maquetador de
los libros, cuando no el editor, es quien elige el tipo de letra más apropiado para cada libro.
Aunque no siempre acierte, al menos ha dedicado un tiempo y trabajo a ello: en su tamaño, en la
distancia entre las letras. Ha pensado también en la distancia entre líneas, en su alineación a
derecha e izquierda, en los márgenes arriba, abajo, derecha e izquierda. Diseñan también el
título y el autor en cada página, la numeración de páginas y en muchas ocasiones de un modo
artístico. Pocos nos fijamos en la mancha de texto, que es tanto como el diseño del escrito en la
página en blanco.
Y por cerrar el asunto, qué decir de la encuadernación, si lo es por cuadernillos bien cosidos,
bien pegados que faciliten la apertura del libro, que sujete las hojas y no se desprendan, que sin
esfuerzo abarques las dos hojas a un tiempo extendidas.
Sí, un libro físico tiene todas esas características que pueden hacerle agradable como libro,
no por su contenido. El contenido es el mismo en uno digital que en uno físico. Aunque
comparten características uno y otro, el libro de imprenta puede adornar un espacio como un
cuadro, como una escultura y solazarnos hojeando y ojeando sus páginas, sin atender al
contenido. El contenido con los audio-libros y la lectura automática desatienden el órgano más
rico del ser humano: el ojo. Apreciemos los libros de papel por su imagen, no por su olor o su
tacto, que los diseñadores no tuvieron en cuenta.
Desconozco la deriva que tendrán los relatos, los libros didácticos, los divulgativos, los
científicos. Soy incapaz de imaginarla. Tal vez la pantalla digital tenga corta su vida para ser
sustituida por la captación auditiva. O ni una ni otra, tal vez sobrevivan. Quien sabe si en breve
tiempo todo se reduzca a vídeo-comunicación. O por ir más lejos, tal vez basten unas ondas
electromagnéticas para incrustar en nuestros cerebros como en un sueño historias ajenas o
inventadas por una inteligencia artificial. Serán entonces los jovencitos y niños de hoy, esos que
pasan horas pegados a las pantallas del móvil, quienes evocando sus añejas nostalgias echen de

menos el olor de las pantallas o su tacto cristalino o el placer de pasar páginas con el dedo. Y
sus nietos sonrían extrañados por esas cosas que añoran su viejos. Tal vez.

 

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