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El apellido

 

Es muy frecuente encontrar personas que se hacen descender de los judíos, de los árabes, de los celtas tomando como patente sus apellidos. La película Los ocho apellidos vascos nos ha presentado de forma cómica y sarcástica esta pretensión. A más de uno he oído tomar un nombre de ciudad o de un santo para reclamar la paternidad de un antepasado converso que huía de una identificación mora o judía. Incluso podemos encontrar este sinsentido en páginas serias de Internet. Bien es cierto que ese disimulo para conversos era real, pero tanto ocultaba su pasado un Pérez, un Sánchez como un Ávila, un Toledo o un Sampedro o un San Miguel. Téngase, no obstante, en cuenta que en tierra forastera nombrar a alguien con el apellido de la ciudad, pueblo o barrio de referencia es lo más habitual y que en los hospicios, se frecuentaba el nombre de un santo. Vaya esto por delante y no echemos cuartos al pregonero con nuestro origen mostrando nuestra patente del apellido.

Para quien no esté familiarizado con el origen de los apellidos diré que en España todos los terminados en –ez (González, Pérez, López…) proceden de su antecesor que se llamaría Gonzalo, Pero o Pedro, o Lope. El añadido o sufijo –ez indicaba que era “hijo de…” Otros muchos indicaban el lugar de su vivienda en una localidad: De la Iglesia vendría a señalar a alguien que viviera en las cercanías de una iglesia. Puente, Barrios, Castillo, etc. tenían como procedencia uno de esos lugares. Otros como hemos dicho más arriba apuntan a ciudades o santos. Encontramos también de oficios: Carpintero, Herrero, Molinero…, lo que indica que algún antepasado lo fue.

Pero a lo que vamos, no entiendo ese afán por hacerse descendiente de musulmán o judío o celta. Me da el pálpito que tiene algo que ver con el exotismo o con querer diferenciarse. Cierto es que en España habrá descendientes de judíos, de árabes, de celtas, de vascos, de godos y visigodos, cierto también que algunos indican una procedencia clara de estas etnias; pero sinceramente, y que se me perdone, si me dieran a elegir, –ya es tarde– yo prefiero descender de los romanos, aunque no queden restos de ello en mis apellidos, o más de los que yo pienso. Y casi somos hijos intelectuales de esta civilización, que ya es mucho.

Además el que el apellido proceda de una palabra árabe o judía o vasca, no tiene la misma validez que el ADN. El apellido Cid, por ejemplo, procede del árabe que viene a significar “señor”, lo que no indica que la persona que lo lleve proceda de ellos. Tenemos el claro ejemplo de Mío Cid, el héroe castellano, a quien le vino el nombre, no por el origen moro, sino porque así le llamaron los árabes sometidos a su feudo. ¡Dejémonos de presunciones absurdas!

 

Sucede otro tanto con los que buscan la nobleza de su apellido y exhiben en un cuadro lujosamente enmarcado el escudo del caballero noble que lo llevase. Otra falla absurda, porque los escudos pertenecen al noble que los ostentaba, o mejor dicho, a la familia a la que se había distinguido con un título nobiliario, pero no al apellido. En las batallas el escudo identificaba a los infanzones o caballeros como un uniforme. Pudo haber un Pérez marqués de Torrequemada y un Pérez, mendigo, o ladrón, o a saber qué. Aquel tendría su escudo de armas; estos otros tal vez ni donde caerse muertos, como se suele decir. Ni una escudilla donde grabar su nombre.

Cierto es que preferimos los apellidos menos frecuentes, al igual que los nombres, que por el hecho de su abundancia se convierten en vulgares y no deseados. Tienen un aspecto que habrá que considerar positivamente y es que fueron prolíficos en su descendencia como indica su cantidad. Aunque peor lo tienen aquellos cuyos apellidos hacen referencia a algún defecto físico o psíquico o social. Los Calvo, sepan que algún antepasado padeció este aspecto físico de forma exagerada. Los Barriga o Barrigón, podrán encontrar algún ascendiente gordo. Lo mismo diremos de los Manco, Cojo, Malo, Ronco,…

En fin, llevemos nuestros apellidos con resignación o con orgullo, con gusto o con disgusto, pero no con presunción, porque tal vez nos llevemos una sorpresa si arañamos un poco la corteza de su origen.

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