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La ventana y la celosía

 

Decía un refrán antiguo, desfasado hoy, sin duda, incluso ridículo que “mujer en ventana, más pierde que gana”. La intención didáctica del mismo es diáfana, clara como el día, aunque su contenido hoy resulte oscuro como la noche. Se trataba de prevenir la fama de las mujeres, para que no se expusieran a las miradas lascivas de los hombres. A ello contribuían también los velos sobre la cabeza, cuando tenían que salir a la calle. ¡Qué tiempos! Nos retrotraen a la Edad Media, a tiempos en que la fama y el honor de la mujer afectaba a toda la familia, a tiempos en que la virtud era garantía de buen casamiento, de mujer virtuosa.

El origen de la ventana no fue sin embargo ese. Procede de la palabra latina ventus (viento), por permitir pasar el viento y airear las salas. Parece ser que esta palabra es exclusiva del español, ya que en los demás idiomas procedentes del latín se utiliza la derivada de “fenestra”, incluso en el castellano antiguo.

La amplitud del hueco creció tan pronto como la vida se hizo más social, más de calle, más renacentista. Anteriormente la luz entraba por los patios interiores, no por las ventanas de abertura pequeña con vista a la fachada principal. Con la aparición del Renacimiento, del Gótico, los ventanales se ampliaron hasta la exageración. Las casas se abrieron a la calle y hete aquí que produjeron un daño colateral, sirvieron de muestrario para las mujeres menos sometidas o más rebeldes a las reglas de la fama familiar. Y necesitaron precisamente un dispositivo que las velara: la celosía. Procede esta palabra de la latina “zelus” que es tanto como ardor, pasión o vigilancia (de aquí celador).

El refrán del principio –puesto al comienzo intencionadamente– va derivando nuestro discurso hacia el sometimiento de la mujer joven en tiempos pasados e incluso presentes en algunas latitudes y longitudes. Pero esto resulta demasiado reduccionista. La celosía servía para ver sin ser visto, a la vez que preservar la intimidad de la casa. Hoy la consideramos un reducto de la antigüedad. Solo se encuentra, como ornamentación en algunos edificios.

La casa es un espacio de intimidad, de refugio, donde realmente te comportas con una libertad que inhibes en sociedad o en el exterior. Todas las actividades de la casa: fregar, vestirse, desvestirse, cocinar, etc. se convierten en actos reservados que pretenden mantenerse en la intimidad, fuera de ojos ajenos. No importa que alguien te vea cocinar en casa, pero no desde fuera de ella. ¡Una paradoja! Cuando tenemos la ventana abierta, sospechamos siempre que alguien nos observa o puede hacerlo, es decir, invade nuestra intimidad.

Pero la celosía resultaba también un modo de salir íntimamente al exterior, sin ser observado. Hoy las celosías se han convertido en visillos, en cortinas. De hecho, la palabra visillo está relacionada con ver, vista, viso,… Me parece un acierto el popular sketch de “La Vieja del Visillo” de José Mota llevado a la pantomima, paradigma del placer de ver sin ser visto; porque conocer las vidas ajenas desde el secreto del visillo, parece contener un morbo irresistible. De ahí el interés por los “reality shows”. Nos convertimos en viejas del visillo por la ventana del televisor.

Decía mi abuela que una casa sin cortinas ni visillos era como una persona desnuda –ella decía, mujer en lugar de persona. Esta sentencia, sin embargo, observa la casa desde el exterior, violando la intimidad. Nos empeñamos en cubrir pudorosamente nuestra intimidad, cuando la ventana al descubierto tiene otras delicadezas.

Su función originaria de ventilación se practica hoy con unos minutos diarios. Pero además, se ha convertido ahora la ventana en una salida a la libertad del espacio, del cielo, de la vida desde la lejanía, de la imaginación. ¡Cuánto me gusta imaginar las vidas ajenas desde la ventana! No es violar una intimidad que no conoces, sino recrear una observación momentánea, un ejercicio creativo, gratificante por lo que tiene de creador.

¡Quién no se ha extasiado contemplando la luz del crepúsculo si tiene la suerte de una ventana orientada al este o al oeste y libre de obstáculos! ¡Quién no se maravilla de las noches estrelladas a través de la ventana! ¡Aún recuerdo el ansia de que llegaran las 8 de la tarde durante la pandemia del Coronavirus para abrir la ventana y aplaudir frenéticamente la labor de nuestros sanitarios y cuantos arriesgaron su salud a favor de la nuestra! La ventana, a pesar del frío, se convirtió en un símbolo de solidaridad y agradecimiento. ¡Ay, las ventanas! ¡Ay, de todos nuestros sentidos –boca, ojos, oídos,…– si carecieran de visillos y cortinas para poder aplaudir la vida!

 

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