JotaeMeGE

Sigan andando

 

Pasito a paso, me han llevado mis pies a un camino de tierra y polvo. A fuer de ser sincero diré que mi primer gesto facial fue de desagrado al cambiar el firme del terreno: respingo de nariz, ictus labial en arco y guiño de ojos con ceño fruncido incluido. No sé si moví también los hombros hacia arriba, pero hubiera completado con él el desagrado de encaminarme hacia una trocha de tierra. Acostumbrado al asfalto, a la pisada firme y segura, el nuevo camino me obligó a modificar inconscientemente mi pisada y sobre todo mirar al suelo para salvar obstáculos imprevistos.

Y allí estaban, una colección de huellas de anteriores caminantes. Miré hacia atrás y otras tantas, incluida la mía. La reconocí por su resalte más pronunciado y reciente. No obstante, hollé mi zapato sobre la tierra, levanté el pie e identifiqué mi huella que era la misma que iba dejando atrás. Imprescindible recordar a Machado: “Caminante no hay camino, / se hace camino al andar…” Y aquello otro de Mercedes Sosa:

“A la huella, a la huella
Cortando campo
No hay cobijo ni fonda
Sigan andando.”

Y seguí cortando campo sin perder de vista mis zapatos y marcando huellas. Me sorprendió el dibujo de mi calzado, nunca le había prestado atención. Para divertirme –solo por diversión– anduve a la paticoja, de espalda, abriendo las piernas, sobreponiendo a lo largo un pie sobre otro y cuanto se me ocurrió, imaginando a un indio americano persiguiendo mi singladura, intentando descifrar las huellas para concluir que eran de un tontales que había ido haciendo el indio: que me perdonen los indios. ¿Quién no siente la tentación de hacer tonterías cuando nadie le observa?

Como la mente no descansa, me convertí yo mismo en Sherlock Holmes. ¿De quien serían las huellas que me precedían? Las había pequeñas, de niño; enormes de alguna persona que sobrepasara los 190 centímetros; con dibujo plano; con marca de zapato impresa en la tierra; unas casi borradas, otras sobrepuestas que suplantaban las anteriores,… Y tal vez, solo tal vez, poco previsible, la huella de alguna persona querida y desaparecida, o de alguien a quien se odió a rabiar, o la del banquero que te negó un préstamo, o del tendero que pesaba de menos la fruta y te cobraba de más, o del anciano que en su juventud te deleitó con alguna canción o con alguna novela,… Allí, debajo de mí, debajo de mi zapato, se encontraba todo un mundo, efímero, pasajero, con las vidas escritas sobre una pizarra, sobrepuestas con otras vidas. Y mi pie, con su pisar andarín que no me llevaba a ninguna parte, ocultaba vidas ajenas que habían cruzado por aquella senda, cada cual con sus problemas, con sus felicidades, con sus angustias y alegrías. Habían dejado su firma que nuevas vidas ocultarían, que las mismas inclemencias del tiempo habían desfigurado hasta volverlas irreconocibles.

En un apartado del camino, la tierra húmeda había dejado una huella menos perecedera, más permanente. Pisé yo también dejando mis zapatos embarrados, pero de huella más duradera. Otra tontuna me invadió la voluntad de colocar un cartel a su lado que dijera: “Respeta esta huella que por un momento ha sido vida. Déjala vivir.” Basta que pusiera el cartel para que alguien la borrase con su zapato, sobrepusiese su vida sobre la mía. Y así pasa la vida, como las huellas que vamos dejando que se desvanecen con el tiempo o con la pisada de otras vidas, de otras huellas.

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