Si yo fuera vago…
Si yo fuera vago… Pero no como se dice de los funcionarios: ¡Qué vagos son! Y que no se me ofendan los funcionarios, porque estoy reproduciendo lo que se dice de ellos, o por mejor expresarme, lo que se dice de nosotros. No, no, quiero decir si fuera vago de pasar el día en un sofá, con las orejas gachas y la cabeza sobre los brazos. Vago de los que no atienden cuando se les llama por sunombre, sino levantando una oreja y un ojo a medio recorrido para volver de nuevo a la posición anterior. Vago de los que levantarse para comer los enfada, porque resulta en exceso molesto cambiar de postura y es mejor que te sirvan la comida en el sofá. Vago, en fin, de siete suelas, que es tanto como vago superlativo.
Pues digo, que si fuera de ese tipo de vago, me gustaría ser esclavo en la próxima vida, si es que la naturaleza me dota de ella. No me importaría llevar al cuello una correa y no poder correr a mis anchas por las calles. Tironearía de ella para que mi dueño se obligara a correr tras de mí, intentando detenerme: ¡una pequeña venganza! Me bastaría con que me sacara tres veces al día a la calle para hacer mis necesidades y que mi dueño, por imperativo legal, recogiera mis heces (discúlpame, lector, este tema tan sórdido). Incluso alguna vez en lugares prohibidos o con una descomposiciones de difícil recolección. ¡Qué venganzas más pobres! Pues sí, así lo creo, pero las venganzas superiores cansan mucho y dan muchos quebraderos de cabeza. Así pues, a lo fácil.
Y al llegar a casa, la comida servida, relamer el plato y los labios al terminar, abrir la boca como un serón y al sofá de nuevo, hasta la próxima salida o comida.
De vez en cuando, unas zalemas al dueño para que entienda que soy su mejor amigo. Él se lo cree y contentos los dos, ¡paciencia y barajar! Cuando llegue a casa del trabajo o quién sabe de dónde, que a mí no me importará, me lanzaría sobre él con otra colección de carantoñas. “¡Qué contento de que vuelva!”, dirá él complacido. Si no salgo a saludarle, porque me aqueja algún mal, el amointerpretará que algún mal me aqueja y me llevará al médico para ponerme como nuevo. Y otra vez al sofá y a dormir.
Lo que no me gustaría mucho es que me arrojara objetos obligándome a ir a buscarlos, una y otra vez, una y otra vez, hasta el aburrimiento. A él le parece que este juego me gusta; aunque yo le sigo la corriente, porque creo que a él le satisfará y nos pasaremos media tarde en ese toma y daca, mintiéndonos el uno al otro. ¿Divertido? No. Él se siente amo y señor de mi persona. Yo cumplo con mi cometido por la seguridad de la casa: buen alojamiento –hay desalmados que tienen a sus esclavos en el balcón en todas las estaciones del año y dos metros cuadrados de espacio–, buena comida, trabajo mínimo y dormir, mucho dormir, más que un lirón. Hay otros dueños que esterilizan a sus esclavos; una cruel práctica que a mí no me gustaría soportar. Y si tuviera que ser, pues ¡qué le voy a hacer!, efectos secundarios de la buena vida.
Cuando menos me gustaría ejercer de esclavo sería en las temporadas que me dejarán con algún familiar para irse de vacaciones, por ejemplo. Al principio te recibirían con caricias, pero acabarían por hartarse de uno y te desterrarían al desprecio y abandono más absoluto. ¡Vale! Solo son unos días que pasarán rápidamente. Pronto llegará la tranquilidad del sofá y el dormir a pierna suelta de nuevo.
Solo pido no ser un Espartaco, un esclavo rebelde, un “pejiguera” que se queje de todo. Claro que ese tal Espartaco no debió ser un vago o tal vez aspiró a ser amo con esclavos, que de todo hay. Tal vez, solo tal vez, no lo aseguro, yo sea un poco Espartaco, que me guste la libertad por dura que sea, y en una segunda vida proteste si me toca ser esclavo.
Pensándolo bien, por muy vago que sea, no me gustaría llevar una vida de perro.
JotaeMeGe
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