JotaeMeGE

PA-TA-TA

Desde muchos años atrás he pensado que el ser humano debía homenajear objetos útiles, pero que pasan desapercibidos y desaparecen sin dejar rastro vivible, o dejan huellas irreconocibles. Preguntemos a cualquiera de dónde viene la palabras cardar, de uso hoy en día casi exclusivo en la peluquería. Seguro estoy de que pocos, muy pocos, lo relacionarán con la planta del cardo, esa bola espinosa de abundantes púas que encontramos indiferente en los caminos o en el campo. Pues bien, esos cardos se apilaban y abrazaban en cajas de madera sin fondo y el artefacto resultante servía para cardar la lana de las ovejas u otros animales. Esas antiguas cardadoras elementales evolucionaron de tal forma que dejó como muestra la palabra, pero no el objeto primitivo. Aún en algunos museos etnológicos se pueden observar, aunque más con un sentido nostálgico que como homenaje.

¡Y qué decir de algunos comestibles! Qué homenaje se debe, sin duda, a la patata y al huevo, dos alimentos fundamentales de la dieta humana, que en simbiosis perfecta se convierten en nuestra afamada y suculenta tortilla de patata. La patata, no me lo negaréis, es fea, deforme, irregular. Su piel –como un fino papel manchado– la envuelve delicadamente, pero la despreciamos, la pelamos. Nos molesta su textura. Su interior necesita cocinarse. Morder una patata cruda nos produce dentera. Sin embargo, a pesar de todo, ¡qué agradecidos hemos de estar a la patata! ¡De cuántas hambrunas ha salvado a la humanidad! Y sobre todo, la gran variedad de guisos que se pueden cocinar con ella. Las patatas fritas, acompañando algún otro plato o solas, resultan una delicia. Las patatas panaderas qué buena cama hacen a los pescados y carnes. La ensaladilla rusa es el plato estrella del verano, y sin patata, no es la misma. Más clásica en nuestras tierras es la ensalada campera con los imprescindibles tomates y patatas. Las patatas rebozadas se han convertido, ensalzadas, en patatas a la importancia. El puré de patatas qué suave al paladar, qué digestivo. Y no dejemos fuera las patatas con chorizo, con carne, con pescado, con almejas, con… ¡Qué versátiles son las patatas! Espero que no estés leyendo este artículo a mediodía, porque seguro que no resistirás a entrar en cualquier bar y tomar algún plato de patatas. Bien se merece ese homenaje al menos.

¡Y qué muerte más digna tienen las patatas! Allí en la despensa, ocultas en un lugar oscuro, apelmazadas unas con otras, siguen viviendo silenciosamente… y se entallan. Y esos tallos no son otra cosa que hijos en ciernes, o nuevas patatas si encuentran un entierro favorable. ¡Qué muerte más generosa! Es como una herencia que sale de su propio cuerpo mientras expira, prolongando su vida en nuevos retoños. 

En español las llamamos patatas, palabra que al parecer procede de su origen americano, incluso hay autores que la hacen descender de la confluencia entre papa + batata. De hecho, aunque nosotros distinguimos entre batata y patata, no así en algunos lugares, en que persiste el nombre papapara denominar a este tubérculo. Este nombre, con las propias modificaciones de cada país, resulta muy frecuente: potato en inglés, potet en noruego, albatatis en árabe… Sin embargo, en algunos otros han dignificado su nombre asimilándola a la manzana y dando lugar a una manzana de tierra (pomme de terre en francés, Erdapfelen alemán, y lo mismo en hebreo y ruso, entre otros idiomas). Sin duda, con este nombre su basto vestido remendado, terroso, se convierte en nombre más gustoso, más dulce, sacudiéndola de sus ásperos ropajes.

He oído que en caso de penuria o circunstancias extremas se comían o fumaban las pieles de la patata, haciendo de la necesidad, virtud. Lo normal en cambio, es desnudarlas para un mejor aspecto y suavidad, dejando al aire su piel blanca o amarilla. Y es esta tarea culinaria la más reflejada en el arte. Se cuenta al menos con cuadros espléndidos de “Mujer pelando patatas” de Vincent van Gogh, “Chica pelando patatas” de Albert Anker, “Mujer con patatas”  de Salvador Dalí; aunque también en otras circunstancias: “Naturaleza muerta con patatas” de Claude Monet, “La cosecha de la patata” de Camille Pissarro o “La patata gigante” de Peter Randall-Page. Buenos homenajes, sin duda.

Pero si nos ceñimos solamente al nombre, a su pronunciación, a su sonido abierto de las tres vocales repetidas, resultaba imprescindible para obtener una buena fotografía. El grupo dispuesto o la persona a ser fotografiado a la señal del fotógrafo pronunciaban la palabra PA-TA-TA con que conseguir una boca más relajada, no apretada con los dientes atenazados. Hoy, con la globalización, la hemos desplazado, hemos adoptado otra que muestra una sonrisa falsa, de comerciante que nos quiere vender algo. Ahora se pide pronunciar “whiskey” o güisqui. ¡Son los tiempos! Pero yo prefiero PA-TA-TA. Estoy seguro que un estudio comparativo de ambos trucos para conseguir la naturalidad de la foto, se inclinaría por la primera que a su vez resultaría un homenaje a dicho tubérculo. Espero que la liga antialcohólica también la reivindique. ¡Larga vida a la patata!

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