De los graffiti al arte callejero
Parece que dejar constancia de nuestra estancia en un lugar por medio de una frase escrita en un muro es una vieja costumbre, tan vieja al menos como la civilización romana hasta donde llega nuestro conocimiento. En Pompeya, enterrada por el volcán en el año 79 de nuestra era, se puede ver una pintada que dice “Gneo Alleo estuvo aquí” y otras 11.000 más que indican una costumbre inveterada de estas prácticas que nos parecen de hoy en día. Conocidas estas pintadas con el nombre italiano “graffiti” (reconvertida en español como grafiti) se puso de moda, se hizo viral en los años 90 del siglo pasado. Aún recuerdo las paredes de Madrid invadidas por el nombre Muelle rubricado con una espiral. Fue el primer grafiti de un sinfín posterior. Aquí en Salamanca Donk, Atun y Meas adornaron los más insólitos y arriesgados lugares. Efectivamente, al grafiti con que dejar constancia de una firma original, se añadieron otras dos características: un diseño más complejo de las letras coloreadas y una ubicación sorprendente. Se encontraron en terrazas, en la parte alta de los hastiales, donde difícilmente habían accedido para dejar constancia también de su atrevimiento y valentía. El perfil del grafitero engalanó con la nocturnidad, con la rapidez de ejecución, manejando el bote de spray hábilente y con frecuencia encapuchados para evitar ser reconocidos. Para la mayoría de los mortales se consideraban –y consideran– los grafitis una gamberrada, porque deslucían las fachadas o las puertas de los garajes con sus firmas anónimas y torpes. La originalidad del Muelle desapareció en la mayoría de sus imitadores.
Los grafiteros desmañados evolucionaron hacia el pintor diestro que ya no se conformaba con su firma, sino que dejaba patente su habilidad artística. Y a su perfil nocturno y disfrazado añadió un código de honor: respetar las obras ajenas, de modo que se cuidaban mucho de emborronar o dibujar encima de la obra de otro colega. Su código de honor fue aprovechado por los perjudicados con sus torpes garabatos en las fachadas o puertas de su propiedad. Se encargaba a algún grafitero o artista sin capucha para que adornase con su arte las puertas de los garajes o los portales de los edificios, obteniendo así una cierta inmunidad.
De dibujos reducidos se pasó a grandes extensiones, a todo un edificio, como si se tratase de un trampantojo, ejecutado a la luz del día con el consentimiento no solo de los propietarios, sino de las autoridades municipales. Salamanca cuenta con excepcionales decoraciones urbanas en el Barrio del Oeste, no solo dignas de admiración, sino visitadas por turistas y curiosos. Se ha dignificado la tarea del grafitero que ya no se considera tal, sino artista urbano.
Santa Marta de Tormes ha optado por convertirse en un municipio de arte urbano con fachadas dignas de encomio. Incluso como se puede leer en este periódico celebra el I festival de arte urbano con que incitará a los ciudadanos a que ilustren sus puertas de garaje con una obra de arte. Ha diseñado también una original ruta de arte mural. Tal vez, en algún momento, este pueblo, que no cuenta con edificios históricos reseñables, sea visitado simplemente por su nueva circunstancia: Santa Marta de Tormes, la ciudad del arte urbano.
Sinceramente, pasear por estos lugares alegra la vista, admirada por la pericia de sus artistas. No sé si promocionará la afición a las artes y la visita a otros museos. Tal vez y ojalá.
Pero me caben ciertas dudas sobre este arte que parece abocado a una existencia perecedera. El tiempo, las inclemencias meteorológicas, el deterioro de los materiales y las pinturas, las humedades tal vez pongan en peligro en algún momento estas obras, tal vez precisen reparaciones más frecuentes que los cuadros de los museos. ¡Tal vez!
Y me está rondando en la cabeza, como un moscardón incómodo, un futurible imperfecto que venga a ser un jarro de agua fría para este nuevo arte. ¡Qui lo sa! Se detienen mis dedos ante el teclado. Me tomo un café,. ¿Lo digo o no lo digo? ¿Me lo callo? Disfrutemos del arte mientras llegue lo que veo por venir. ¡Venga, lo diré y que salga el sol por Antequera!
Tal vez, pasado el tiempo, las obras se conviertan en patrimonio artístico junto con el edifico que las contiene… y entonces las normas municipales y patrimoniales… y se pretenda vender… y se pretenda construir en el mismo solar… ¡Puff! ¡Cuán largo lo fiáis! Cállate, por favor.
Vale, pues me callo.
JotaeMeGe
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