Una Quinta Portuguesa
Nacionalidad: Española
Dirección: Avelina Prat
Reparto: María de Medeiros, Manolo Solo, Braka Katic, Blanca Kovac,…
“El mundo es demasiado grande, demasiado complejo, demasiado caótico y cuando lo dibujas todo se ordena”, dice a modo de introducción el protagonista Fernando cuando aún es profesor de geografía en un instituto.
No es posible hablar de esta película sin hacer mención de la anterior, de su ópera prima, Vasil (2022). Ambas películas son paralelas en parte de su desarrollo y contenido. Tal vez esta sea un complemento de aquella, no solo por su contenido, sino por desarrollo y su temática. Ambas tratan de emigrados del este de Europa. En la primera, Vasil es un emigrado Búlgaro al que acoge de un modo reticente Alfredo, un arquitecto español (Karra Elejalde). Nada tienen en común ambos personajes, pero poco a poco entablan una verdadera amistad. En esta aparecen también dos emigrantes del este de Europa que entran en contacto con españoles, si bien en esta la trama que se urde es más compleja. Se trata de una impostura de identidades para seguir viviendo, para vivir unas vidas distintas, dejando atrás sus anteriores personalidades. El protagonista se convierte de profesor (Fernando) a jardinero (Manolo) por una serie de azarosas casualidades que le sirve la vida. De Serbia aparece al final, sorprendentemente, una mujer que ha trasmutado igualmente su identidad para instalarse en España. Las vidas de Manolo y esta mujer se encuentran indefectiblemente. Si la dueña de la Quinta descubre la verdadera identidad de Manuela, es este quien descubre a la mujer serbia. En ambos casos los enterados de las verdaderas identidades aceptan generosamente a los nuevos personajes. Y ambos continúan en ellos, ya sin máscaras, pero desarrollando su nueva vida.
La película resulta lenta, pero no cansada. Las escenas y los hechos se van desarrollando con lentitud, con parsimonia, sin saltos emocionales ni estridencias, como un río de aguas mansas. Y deja un poso de gratitud ante la tragedia en la que no ha profundizado la directora y guionista, para servirnos una historia conmovedora, agradable de ver y vivir, con calma. Manuel, el jardinero, acepta la verdadera identidad de la chica serbia, como han aceptado la suya. Son dos historias paralelas, que continúan en su inocente mentira para el resto de sus días (es de suponer)
Si tuviéramos que etiquetar la película lo haría como una historia de neorrealismo social. Una historia como tantas otras que suceden cada día, llena de sorprendentes coincidencias, pero sin estridencias, balsámicamente presentada. Los hechos trágicos han sucedido, pero no son estos los que recordaremos al salir del cine, sino una pacífica calma de los buenos sucesos, de las nuevas identidades que parecen establecer la felicidad de los protagonistas reinventados como una segunda oportunidad en sus vidas.
Es, sin duda, una buena película, de la que, si no sales con una sonrisa en la boca, sí con una agradable paz interior.
Jesús María
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