La historia de Souleymane
Nacionalidad: Francesa (2024)
Director: Boris Lojkine
Reparto: Abou Sangare, Nina Meurise, Younoussa Diallo…
Con esta historia de Souleymane no puedo seguir diciendo que los franceses convierten en comedia la tragedia. Es realmente una tragedia que dura exactamente tres días de la vida de un inmigrante en Francia, más concretamente en París.
Comienza la película en lo que se llama “media res”, es decir, con los sucesos cercanos al final de lo que nos cuenta. Una sala de espera y a un inmigrante a quien llaman para una entrevista. Tras unos sucesos vertiginosos en que se nos presenta al protagonista, sus desventuras para sobrevivir, vuelve al momento de la entrevista para concluir con la historia.
Souleymane, es guineano, de Guinea Conakri, la antigua Guinea Francesa. Al director no le interesa el duro camino de llegada a Francia –aunque lo conoceremos al final narrado por Souleymane–; lo que realmente le importa es la loca carrera por conseguir la nacionalidad, la legalización de los papeles, los apuros de quienes esto pretenden. La película es una persecución con la cámara del protagonista. Ese minuto a minuto de Souleymane llega a conmovernos por las dificultades que le van surgiendo y lo que vamos conociendo de su vida pasada a través de llamadas con el móvil. Todos los demás personajes resultan colaterales, aunque bien definidos con pocas pinceladas.
La atención que Francia ofrece a los inmigrantes se nos muestra de una forma ideal –tal vez sea así– con un cuidado exquisito, organizado y protocolizado hasta el más mínimo detalle. Diríamos que la actitud francesa con respecto a la emigración sale excelentemente ponderada, de modo que parece propaganda gubernamental. No me atreveré a decir que lo sea; es simplemente una impresión que me ha dado.
El problema del inmigrante, y, por tanto, de Souleymane, no es el gobierno que sigue un protocolo donde parece primar la persecución política o bélica del que pretende conseguir la residencia en Francia. Son los mismos inmigrantes, dedicados a sus propios problemas, los que ponen zancadillas a los demás, con deudas y deudores que pretenden cobrar o saldar.
Más de la mitad de la película, se centra en Souleymane, recorriendo París en bicicleta a un ritmo trepidante, tal vez excesivo tanto en tiempo como en acción, pero que te mantiene atento por ver si consigue salvar cuantos inconvenientes le surgen con colegas de su propia raza y situación.
Llega al final la entrevista. Suelta un discurso aprendido que un desaprensivo le ha vendido. La entrevistadora le pide la verdad. Se la cuenta. Y termina la película con una interrogación: ¿obtendrá o no la nacionalidad francesa, el permiso de residencia? Mi opinión no coincidió con la de mis compañeros de cine. Así sucederá con quien la vea, según su optimismo o pesimismo.
Lo que sí llama la atención en esta película es que sean los mismos inmigrantes quienes se pongan trabas a sí mismos para conseguir su integración. Un punto de vista seguramente real, porque el ser humano es egoísta, sobre todo en situaciones extremas, pero tal vez falte el otro punto de vista, el de la administración, el de la política. No de una administración que en esta película aparece como la chica buena, comprensiva, pero ceñida a su propio protocolo.
Jesús María
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