la chica de la aguja

La chica de la aguja

 

Nacionalidad: danesa

Director: Magnus von Horn

Reparto: Trine Dyrholm (Karoline) y Vic Carmen Sonne (Dagmar) principalemente.

 

El blanco y negro en películas y fotografías me fascina y por eso mismo esta película me ha gustado sin más, sin entrar en el argumento un tanto sórdido, dramático. Solo por ver las escenas, encuadres, contrastes un tanto tenebristas de la película merece la pena. El blanco y negro a su vez nos transporta a la época en que transcurre la historia. Podemos suponer que sucede en los límites de la postguerra de 1914, es decir, después de 1918. El dato nos lo marca el marido de la protagonista vuelto de la guerra, maltrecho y deformado –que nos recuerda a “Nos vemos allá arriba”, novela y película– y el fin de la misma celebrado en la fábrica donde trabaja la protagonista. Por mi parte, hubiera calculado unos años antes, quizá a finales del siglo XIX. Es una apreciación que no me lleva a ninguna parte.

 

El blanco y negro vigoriza el aspecto miserable de la ciudad: una fábrica tenebrosa, reducida en espacio y apelmazada de objetos y personas. Muestra también unas calles abandonadas, sin vida. La habitación donde vive la protagonista resulta por demás destartalada, sucia, lúgubre. La vida, en fin de las personas, no da lugar en ningún momento al más mínimo bienestar.

Estos escenarios nos sumen en un ambiente social oscuro, gris, sin lugar para la alegría. Una escena de circo, que tendría que ser divertida, resulta escalofriante y nos recuerda a “El hombre elefante”, película, también en blanco y negro, angustiante en que se exhibe como diversión la monstruosidad y deformación de un ser humano, el marido de la protagonista.

Karoline comienza a trabajar en una fábrica y el dueño se enamora de ella. Comienzan una relación un tanto romántica. El fabricante y amante abandona a la protagonista que deja embarazada, la promete matrimonio y al final la abandona por deseo de su madre, propietaria de la fábrica que además despide a la trabajadora, abandonándola a una desgraciada suerte. La mujer, tras serias dudas, acoge al marido maltrecho, deforme por la cruel guerra, deformidad que cubre con una máscara. Y al final lo abandona.

Es entonces cuando aparece el sentido del título, poco acertado a mi entender, porque la aguja de punto que pretende utilizar para el aborto, tiene poca relevancia como objeto simbólico. Las agujas aparecen en otro momento, quizá simbólico, se trata de las agujas de las máquinas de coser de la fábrica que se rompen fácilmente por el grosor de los paños. El final de la guerra significa, según su dueño, el final de las agujas rotas, con telas más finas y elegantes.

Tras el parto, entrega el niño a la mujer que tramita su adopción con una familia acomodada para el recién nacido. “Has hecho lo correcto”, dice a cuantas madres le entregan su bebé.

Las circunstancias devienen en tragedia. Se nos muestra la verdadera cara de la mujer que auxilia a las necesidades y les ofrece una solución a su maternidad indeseada.

Aparece entonces también el carácter generoso de la protagonista que se nos ha ido insinuando a través de la película. Vuelve con el marido deforme y se hace cargo de la hija que tenía la mujer de las adopciones. Es un respiro que nos da la tragedia, un respiro que a duras penas nos muestra unas migajas de bondad humana.

La película es dura, pero una gran película, con una interpretación de las dos actrices principales excepcional. No para todos los gustos, sin duda. Está basada, mínimamente, en un hecho real, pero con muchos efectos de ficción con los que poderla masticar y digerirla.

 

Jesús María