De trazo breve y emociones eternas

Flor de cementerio


La flor había crecido sola, casi asfixiada por una grieta larga que recorría el cementerio de una punta a otra. Sus únicos amigos eran unos hierbajos que la rodeaban e iban variando de tamaño y textura en función de cada estación. Vigorosos en primavera, ajados en verano, amarillentos en otoño y finalmente escasos en invierno. Era la típica flor de camposanto, rodeada por un silencio tan solo interrumpido por los murmullos de los muertos que cada final de octubre se alborotaban ante la inminente visita de sus vivos. Esos vivos que acudían en tropel, como a golpe de corneta fúnebre, a recordarles, rendirles pleitesía o a maldecirles si llegaba el caso. A ambos lados de la explanada donde la pequeña planta languidecía, ignorada por todos, se alineaban pabellones de nichos, decorados con hermanas de plástico que siempre lucían igual. No necesitaban cuidados, ni agua, ni alimento, como si hubiesen descubierto el secreto de la eterna juventud. El sol, cuando se ponía excesivo e intenso en su seducción, y lograba iluminar las sombras de las lápidas, las hacía palidecer un poco, pero nada más; nunca llegaban a conjugar el verbo marchitar. Y eso era lo asombroso, que no envejecían. ¿Acaso sería eso la inmortalidad?, se preguntaba dubitativa. Curiosa paradoja para un lugar donde la vida se había quedado a las puertas. Por eso, cada año que conseguía asomar su corola a través de la herida que el tiempo había horadado en el cemento, las demás flores seguían allí. Lo que desconocía es que ella era la prueba palpable del ciclo de la vida y que con su floración constante desafiaba al universo. Mientras, como mucho un año después, una vez terminada su función decorativa, los ajados y maleables cuerpos de sus hermanas iban a acabar durmiendo el sueño de los justos, en los sarcófagos verdes con ruedas que dormitan pegados a las tapias de la necrópolis. La muerte también tenía un segundo uso.

 

José Luis Logar