De trazo breve y emociones eternas

Rescatar el invierno

Desconozco si es por el cambio climático, pero el mundo se ha convertido en un gran cuadro de Turner, del mismísimo Joseph Mallord William Turner. Ahora todo es amarillo: los campos, el mar, los sentimientos. Ahora las chicas parecen hijas de dioses menores durmiendo entre pétalos rojos, descansando exquisitamente apáticas, con los ojos cerrados y las manos dibujando amaneceres y reposadas sobre el pecho henchido de un video de TikTok. Los chicos, en cambio, con sus cuerpos garabateados, embutidos en ropajes negros, parecen una delicada ensoñación de muñecos antiguos, despintados y borrosos, como la estampa que irradia también un cuadro de Turner. Todos viven bajo un cielo preñado de permanente primavera, un cielo a punto de parir dos veranos, es decir, un verano que se alarga constantemente y que, aunque el otoño apunte perezoso, consigue vivir por tres. Tres vidas seguidas, alguna con hojas muertas, montones de hojas muertas. Es la única manera de que el invierno no exista. Porque ahora el invierno no existe. No hay estaciones, solo atmósfera, una sucesión de aguaceros luminosos, seguidos de bruma y calima. El futuro de niebla que se les presenta, les obligará a comportarse como un faro envuelto en tormentas. Un futuro borroso, alimentado por atmósferas etéreas, incorpóreas, intangibles, inmateriales. Una vez más atrapados en un cuadro de Turner, como personajes románticos de trágico final. Quizá alguien se atreva a arrebatarle al pintor que marca sus destinos su herramienta de trabajo. Solo así hallarán el sendero por el que discurrir y rebelarse, ser dueños del paisaje, su paisaje. Y las estaciones volverán a sucederse y la vida a germinar fuera de un algoritmo artificial y la muerte a acercarse cuando toque, aunque cuando toque sea demasiado pronto, o a destiempo, o a traición. Como lo ha hecho siempre.

José Luis Logar