De trazo breve y emociones eternas

Nadie escucha

Aquella mañana, como tantas otras, había salido a pasear sin destino predeterminado, en busca de no sé muy bien qué. Cada paseo era una aventura, una incógnita que despejar, un acertijo escrito con tinta invisible en cada ladrillo de los edificios que te salían al paso. Mientras cruzaba un parque que hay cerca de casa, a mis espaldas escuché una voz femenina que decía: “Desde luego eres idiota; como sigas así, nos subimos a casa y se acabó”. Instintivamente, me di la vuelta y la vi con los brazos en jarras y la cabeza inclinada. Seguí la trayectoria de su mirada y me topé con un perro, un bulldog francés tumbado patas arriba sobre la hierba que miraba a su dueña con esa indiferencia propia de los perros. “No te hagas el tonto”, volvió a espetarle. El perro ni se inmutó. Poco después me crucé con un adolescente, mochila al hombro que aparentemente hablaba solo. “Joder, bro, paso de movidas con esa gente”. Apoyaba cada frase haciéndole aspavientos a un ser imaginario cuyas respuestas le llegaban a través de dos minúsculos auriculares. En otros tiempos, el amigo del bro, delirando y gesticulando así por la calle, hubiese sido sin duda alguna carne de frenopático. Pero las cosas estaban cambiando; las personas ya no hablaban con otras personas, los modernos interlocutores podían ser un perro, un holograma, una agradecida máquina de tabaco, un dispositivo electrónico que te avisa de la segunda salida en una rotonda o un asistente telefónico sin alma que te confirma una cita médica. Volví a casa con cierta desazón porque además curiosamente, no me había parado a charlar con nadie, ni a la ida, ni a la vuelta. Ningún conocido, ningún vecino, ningún repartidor de “amazonpraim”. Nadie con quien compartir un rato. Me duché, me preparé algo de comer y me puse cómodo en el sofá. Entonces dije: “Alexa, ponme música clásica” y Alexa me contestó: “Reproduciendo Las cuatro estaciones de Vivaldi”.

José Luis Logar