De trazo breve y emociones eternas

#JesuisMaricamen

Había ocurrido durante un descuido del amanecer, a esa hora incierta en que las sombras rehúyen la luz, perseguidas por una plaga de luminosidad.
Esa hora donde anida la desesperación y el desamparo de quien no tiene a nadie con quien hablar. El portal se abrió y, al salir a la calle, la soledad se evaporó y se llevó con ella su olor. La soledad tiene un olor particular. No es un olor fresco, tampoco desagradable; es sencillamente un efluvio inconfundible, como a menta pasada, a vacío complicado de llenar. La mujer se acercó hasta una puerta del Sol que dormitaba en silencio con sus cientos de almas apretadas bajo un mar de hules azulados. Había procurado no pisar el kilómetro cero, casi por superstición, y sin darse cuenta se sentó bajo un cartón escrito con rotulador que rezaba: “Avenida Maricarmen”. Y se sintió reconfortada, pues ella se llamaba igual y alguien parecía haberlo adivinado. Nadie la interpeló, nadie se sorprendió por su presencia. Es más, pronto advertiría, al comprobar cómo se movían los cuerpos jóvenes a su alrededor, que era una más entre esa pequeña multitud soñolienta que se desperezaba y le bostezaba al futuro. Alguien le ofreció un café y le susurró: “Ya lleva azúcar, compañera”. El resto de la mañana transcurrió como transcurre la vida diaria en un pueblo. Unos trajeron pan, otros barrieron, algunos acarrearon garrafas de agua y los más solícitos prepararon bocadillos. Maricarmen participó en las asambleas, gritó consignas, se emocionó con muchas propuestas, se enfadó cuando nombraban a según qué responsables, incluso celebró la ocurrencia de: “No quiero un hogar en Galapagar, quiero un hogar que pueda pagar”. Al atardecer, cuando regresaron las sombras, la actividad en la acampada seguía, pero nadie volvió a saber nunca de esa anciana sonriente que les había acompañado todo el día y cada vez que tenía oportunidad gritaba: “Luchad por lo vuestro”. O quizá se había quedado para siempre entre ellos y no lo sabían.

José Luis Logar