Chabola Vargas
Un río de gente sube por la Gran Vía, un río de doce filas en las que se apretujan los cuerpos, se comparten los alientos, un obstinado río que no atiende a meandros y que busca obsesivamente la plaza de la Cibeles como un mar en el que fundirse. Suenan miles de llaves, gritan las gargantas cosas sobre vivienda digna, sobre buitres que no vuelan, pero que se esconden de tapadillo en los portales para asustar a viejecitas como ella. Sí, ella, Purificación Vargas Ramírez, La Mama Pura, como la llaman cariñosamente los que tampoco tienen un techo digno, ni luz con la que calentar una estufa. Ella, la matriarca del clan Los Mantecas, que cuarenta años atrás llegó de vacío hasta el rompeolas de todas las Españas con sus cuatro hijos: Ramón, el mayor, el mantecón; Agustín, el mediano, el mantequilla; la tercera, Saray, la margarina; y el pequeño Manuelillo. La Mama Pura observa esas caras enrojecidas por la rabia, esos ojos que se escurren de indignación y, sobre todo, escucha esas voces que reclaman otra vida. Ella también hubiera querido otra vida. A la altura del número 63, en la puerta del “Jinos”, un restaurante italiano de comida rápida, arrebuñada en una manta vieja, la Mama Pura ve pasar la vida con la palma de la mano tendida hacia arriba y el corazón encogido. Hoy puede ser un buen día; seguro podrá sacar algo más que de costumbre. Luego, a la caída de la tarde, la recogerá alguno de sus hijos para llevarla al poblado que ahora toca. Cada época ha tenido el suyo y cada época ha terminado de la misma manera. Ahora lo llaman “desacio” pero en el fondo todo sigue siendo igual: tienes que irte de tu casa. Le pasó en La Celsa, en Los Focos, en La Rosilla y en Pitis. Ahora, desde que está ese payo guapo gobernando, la “orbanización” que toca es la Cañada Real. Pero la Mama Pura sabe que es cuestión de tiempo y que tarde o temprano vendrán las excavadoras para recordarle que hay una vida mejor, pero es más cara.
José Luis Logar
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