De trazo breve y emociones eternas

El enfado de Julio Verne

Con una ingeniería a sus espaldas, había cruzado el mar en busca de una vida mejor, pero nunca pensó que iba a cambiar la falta de oportunidades de Caracas por la absoluta incomprensión de Madrid. Y ahí estaba, en la capital del reino, en pleno septiembre tras un año de dar tumbos, vestido de amarillo, subido a una bicicleta y esquivando vehículos por los ríos de tráfico de la ciudad, repartiendo cosas inútiles a horas más inútiles todavía. Su jefe le decía que estaban para atender las necesidades del cliente, pero a él le parecía que esas necesidades no eran más que caprichos de gente ociosa y sin fundamentos. Así era Madrid en septiembre, como una abuela tardía rodeada de polluelos que buscan el rastro del dinero perdido, pero el dinero siempre es de alguien; no existe el dinero de nadie. Y él necesitaba ese dinero para vivir y mandar lo que sobrase a casa. En eso Madrid no era diferente a otras grandes ciudades; las oportunidades eran las que eran y estaban perfectamente definidas. Su compañero Ernesto, español de pura cepa, parado de larga duración y licenciado en Filología, le decía en tono de broma que el problema radicaba en la evolución de la lengua española. Aseguraba Ernesto que en el siglo XIX, montar en globo significaba viajar a lo Julio Verne por los aires. Luego, durante el siglo pasado, la cosa había cambiado y coger un globo era emborracharse o, si se cambiaba el verbo, pillar un globo equivalía a enfadarse y mucho. Ahora, ellos, los repartidores, eran el resultado de esa evolución del lenguaje porque pedir un Glovo significaba que un trabajador en precario te llevase a tu casa una hamburguesa a cualquier hora.
Probablemente tuviese razón Ernesto y no su jefe, porque jugarte el físico en cada cruce para llevar un champú anticaspa a un niño mimado al que le daba pereza bajar a droguería, se enmarcaba dentro de la segunda variante lingüística del siglo pasado… y eso cabrea mucho.

 

José Luis Logar