De trazo breve y emociones eternas

Para que nadie pisara tu nombre…

Han pasado más de cincuenta años y la playa nunca más estará desierta, ni el mar bañará ninguna piel ociosa como en aquellos veranos sin fin de los sesenta, ni María Isabel se pondrá ningún sombrero, y cualquiera podrá pisar su nombre escrito en la arena, porque la arena ahora es territorio incierto en el que malviven, muy a su pesar, fugitivos de la necesidad. Los tiempos han cambiado y ahora nuestros arenales son el trampolín ideal para convertir lo que debiera ser un acto de solidaridad esencial en un auténtico carajal en el que se mezclan intereses que nada tienen que ver con la bondad, la tolerancia o el sentido común. Ahora un montón de payos tatuados de banderas vociferan en contra de niños, mujeres asustadas, hombres desorientados y adolescentes que se rebelan contra un mundo hostil de la única manera que saben hacerlo, con insolencia. Pero la insolencia es un arma efímera, un arma que saben utilizar a su favor fascistas acomodados que todo lo resuelven con consignas, con odio y con exclusión. Sin embargo, no hay armas efectivas contra la desesperación, la falta de futuro y la incertidumbre del día a día. Y en ese mar en el que la paciencia es un frágil remo que encalla con cada grito, van navegando los que nada tienen, los que todo esperan, los que a veces sueñan, los que siempre pierden. Ayer fue Lampedusa, hoy es Ceuta, mañana quién sabe si no será una céntrica avenida enjoyada al atardecer que discurre por una ciudad ensordecida por el lujo y la sofisticación de la nada. Ellos ya están aquí, con nosotros, entre nosotros, codiciando una parcela del bienestar que un día soñaron en sus remotas cunas, un anhelo por el que han arriesgado el cuerpo, la poca hacienda que tuvieran e incluso la vida. Es perentorio que las personas de bien honremos esos sueños y ahuyentemos sus pesadillas.

José Luis Logar