De trazo breve y emociones eternas

VACACIONES EN PAZ

Viene de un mar en el que las olas no mueren en ninguna orilla, porque los médanos, que se repiten como una maldición, conforman todas las orillas. Solo el viento, el ineludible viento, abanica o sacude con violencia enormes masas de tierra seca que todo lo invaden. Ese es su barrio, su entorno más inmediato, lo que se encuentra cada mañana cuando sale de su haima o de su casa de adobe. Pertenece a una estirpe de marineros sin puerto, de nómadas atrapados en una tierra yerma, de sedentarios forzosos y forzados a convivir con el polvo y la indiferencia; de hombres y mujeres orgullosas que llevan muchos años sobreviviendo al desierto moral y a la desidia y que, sin embargo, afrontan con enorme dignidad un destino que, por adverso, conforma su carácter y su patria. El calor, mezclado con el nada que hacer, acompaña las calurosas e interminables horas, interrumpidas por expediciones de gentes de otros lares, que de vez en cuando se acuerdan de que existen, ahí en ese pedazo reseco del mapa donde ondean banderas con un triángulo rojo cubriendo parcialmente colores negros, blancos y verdes, acurrucados junto a una media luna y una estrella. En uno de esos recuerdos repentinos, encaja a la perfección el hermoso y transitivo verbo acoger, que en sus distintas formas puede conjugarse como admitir, proteger o dar albergue. Esa amplia forma verbal puede trasladarse al lenguaje universal de la alegría, un sentimiento muy valorado por los niños y niñas de Tinduf que saben traducirlo inmediatamente, sobre todo porque cualquier infancia necesita saberse, encontrarse y reconocerse. Y cualquier infancia del mundo intuye lo que significan dos meses de dulces, de agua, de cariño, de cepillos de dientes, de juguetes, de solidaridad, de empatía y de olvidarse de los problemas. Por cierto, nuestra niña responde al nombre de Chaia, tiene diez años, el cuerpo ondulado de duna, la mirada franca y los ojos de arena.

José Luis Logar