De trazo breve y emociones eternas

AL FINAL DE LA BARRA


Afuera, el calor era insoportable. El astro rey se empleaba con esmero y quemaba con devoción solar cada porción de piel que los sufridos ciudadanos le mostraban por descuido. Dentro del bar, el panorama era desolador. Los toldos echados en la calle hacían que la penumbra rebotada en los cristales dibujara sombras de pecera. El vetusto aparato de aire acondicionado carraspeaba a duras penas y la tira de papel que colgaba mortecina de las rendijas y certificaba su funcionamiento apenas tenía capacidad de temblar. En las paredes, carteles taurinos amarilleaban, entre viejos almanaques y algunas fotos de esbeltos futbolistas que lo fueron antes de sucumbir al sobrepeso que conlleva la retirada profesional. Sobre el mostrador, restos de ensaladilla rusa tan escasos que los pocos guisantes supervivientes jugaban al escondite entre la mayonesa, una porción ratonera de tortilla de patata y tres escuálidos boquerones en vinagre a punto de convertirse en anchoas. Eran las cuatro de la tarde en el Bar Clavijo y, mientras cada hijo de vecino estaba en su casa comiendo, el dueño del local, sentado sobre un taburete al final de la barra, aparentaba leer el periódico mientras vigilaba de reojo a los dos prendas que llevaban toda la mañana agarrados al vidrio. Ambos, borrachos como cubas, parecían porfiar por algo. Uno de ellos empinaba una botella de la que no salía ningún líquido, mientras el otro hacía aspavientos con la suya. Las dos botellas parecían haber sufrido un proceso de embalsamamiento feroz y no les quedaba ni un átomo de alcohol y, por lo tanto, ni una molécula de alegría. A duras penas le echaron un pulso a la verticalidad y presentaron armas con las botellas en alto mientras le regalaron al barrio el legendario exabrupto y verdadero himno generacional que ha sobrevivido hasta nuestros días: ¡¡Nesecitamos chacacortos!!

José Luis Logar