Papa León y las visitadoras
Amanda no se llamaba Amanda. No era sobrina del hombre que acababa de abandonar la habitación del hotel. En realidad, ninguna lo es, como ocurría con el personaje de Vivian en “Pretty Woman”. Su tío estaba de visita en la ciudad y formaba parte del séquito que acompañaba al personaje que esa semana acaparaba la atención de todos los medios de comunicación del país y del mundo. En la “agencia” le habían comentado que era una persona especial y eso anticipaba un servicio presumiblemente poco convencional. Y lo había sido. No por el sexo. El crucifijo, alzacuellos y demás parafernalia habían resultado ser lo verdaderamente singular. No muy lejos de ese céntrico hotel, en un apartamento frío e insonorizado, Lady Dominia se preparaba para la conexión diaria con sus seguidores. Ataviada con cueros brillantes y ajustados, Magdalena, tal era su verdadero nombre, ensayaba movimientos lascivos y pecaminosos frente a un espejo ribeteado de bombillas blancas. Mientras en otra parte de la ciudad, Yinuo lavaba sus manos adolescentes tras un masaje con final feliz. La plaza elíptica no se parecía en nada a Wenzhou; los edificios chinos eran bastante más altos, pero las expectativas igual de nefastas. Durante la ablución, Yinuo contemplaba en la televisión de su cuartucho al hombre que todos parecían adorar, vestido de blanco impoluto y con un gracioso gorro en forma de cuenco de arroz invertido en la cabeza. El Santo Padre, por boca de Dios, le hablaba a la multitud de acogimiento, de igualdad entre seres humanos, de abolir la explotación en el mundo, de luchar contra la esclavitud. Hermosas palabras de las que Amanda no pudo enterarse porque la esperaba otro cliente; Magda no supo descifrar, pues su universo se regía por algoritmos matemáticos, y Yinuo simplemente no entendió, porque el wenzhounés es tan complejo en sus matices gramaticales que se le conoce como el lenguaje del diablo.
José Luis Logar
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