Dos mil años después de Crypto…
El día había amanecido extraño. Uno de esos días en los que Dios está de vacaciones y el diablo de libranza, de esos en los que puede ocurrir cualquier cosa. Alex llevaba en su habitación conectado a la red desde las cuatro de la madrugada. Las imágenes se movían en sus adolescentes pupilas a un ritmo desenfrenado. Se iban sucediendo sin orden temático pero con una cadencia que marcaban las yemas de sus dedos al deslizarse por la pantalla de su dispositivo electrónico. El algoritmo se iba cebando con cada pulsión digital y en cada explosión de dopamina con la que su cerebro le recompensaba, Alex se perdía en un mar de sensaciones que le ahogaban pero de las que ni siquiera era consciente. Las imágenes, iguales unas a otras, se direccionaban hacia un gusano espacio-temporal que no tenía fin. Eran chicas que le invitaban, que le seducían con posturas más y más atrevidas a medida que las descartaba y reiniciaba otra secuencia. Daba igual que fueran reclamos reales o no, eran cuerpos creados para convencer, todo un catálogo de guiños, mohines, sonrisas y celadas para que Alex y miles de Alex como él en todas partes, no pudiesen despegarse de la representación inexistente de un mundo donde quedar atrapados. Cuando la madre de Alex le llamó para avisarle de que el desayuno estaba listo y el instituto le esperaba, no hubo respuesta. Se asomó a su cuarto y comprobó tres cosas: el silencio de la habitación, una tablet sobre la cama desordenada y la ausencia de su hijo. Cinco años después seguía sin haber rastro de Alex. Nadie reparó en que desde el mismo día de su desaparición, Alex, atrapado en un universo paralelo que le había engullido, golpeaba con los nudillos la pantalla de su tablet desde el otro lado, pidiendo auxilio. Hoy Alex ya no existe físicamente, no es más que una extensión encriptada, un archivo renombrado como Alejandro.bye-bye.exe
José Luis Logar
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