PASATIEMPOS
La vida es un auténtico anagrama. Lo descubrí siendo un niño, mientras mi abuelo se pasaba horas buceando en sopas de letras, descifrando acertijos y completando cientos de autodefinidos. Con las gafas medio caídas sobre el puente de la nariz, rellenaba con parsimonia casilleros verticales, misterios horizontales y secretos en espiral que le arañaban una sonrisa cada vez que conseguía desentrañar su verdadera naturaleza. En aquel pozo de sabiduría popular descubrí que la alergia tan solo precisa de un simple estornudo para alterarse, descolocar una letra y transformarse en alegría; que da igual el orden en que se lean amor y Roma; que una cosa puede transmutarse en un caso y también convertirse en un saco; que la construcción de los castillos suele ser fruto del trabajo de muchas costillas o que después de pasar mucho tiempo en un locutorio necesitas un colutorio para enjuagarte. Pero no solo de anagramas se alimentaba mi abuelo. Le gustaba tanto la magia del lenguaje que se burlaba de mí cada vez que tenía ocasión, retándome con sus juegos de palabras y sus aforismos. Muchos de ellos los entendí con el tiempo. Si me veía preocupado dando vueltas, me lanzaba: “Caminar en círculos puede convertirse en un auténtico vicio”. Y se reía. Si, por el contrario, me movía sin rumbo fijo, me afeaba la pérdida de tiempo con una sentencia condenatoria. “Lo mejor que le puede ocurrir a los pasos perdidos es que alguien salga a su encuentro”. Si me veía aburrido y ocioso, me repetía: “La única forma de matar a la muerte es aburrirla mortalmente” o, si detectaba en mí insatisfacción por el momento que me tocaba vivir, argumentaba: “Cuando el pasado tiene peso, es pesado; lo que te lleva a un presente espesado”. Un gran tipo, mi abuelo. Nunca olvidaré cuando una chica me dio por primera vez plantón. Me miró con ternura y me espetó: “Plantón, un filósofo griego tremendamente impuntual.”
José Luis Logar
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