De trazo breve y emociones eternas

Cien daños de soledad


Hace meses que no duerme en su cama. No se lo ha dicho a nadie, ni siquiera a sus hijos. Bastante tienen con su vida. Por las noches se sienta en el sillón orejero del salón, se tapa con una toquilla, estira las piernas y cierra los ojos. Entonces lo invade todo el taciturno ruido del silencio. Y aparece Ramiro en sus pensamientos. La sonrisa de Ramiro, sus gestos, su voz, esa forma tan particular que tenía de inclinar ligeramente la cabeza. Desde que enviudó, los muebles han perdido vida, las paredes ignoran su angustia y los cacharros de la cocina la tratan como enemiga. Por la mañana vendrá Gladys, como todos los martes y jueves, a echarle una mano con la casa. Y Gladys estirará las sábanas revueltas, aprestará la almohada y pondrá cordura en el desorden de su mesilla, sin saber que todo es un decorado, una representación diaria orquestada cada noche anterior. Además, en los rincones de la casa, la ausencia se ha apoderado del espacio y del tiempo, porque la ausencia es esa especie de sonido ahogado por una voz interior que te obliga a hacerte a la idea de que el ser querido nunca volverá. Por eso ella vive desterrada, envuelta en un ánimo que se agrieta por momentos, extranjera de sí misma, proscrita, sin custodia, sola. Podría haberse llamado Lola o Merche, pero no. Es una triste ironía que sus padres la bautizasen como Soledad y con los apellidos García Márquez. ¿Cómo puede alguien llamarse Soledad García Márquez? Pues esa es ella y ese paradójicamente su nombre. Y Soledad se hermana cada día con el sustantivo femenino que define su carencia sentimental y tira de su cuerpo cansado, convencida de que nunca cumplirá cien años. Ni falta que le hace. Ramiro no puede esperarla tanto tiempo. De lo que sí está segura es de que sufrirá hasta el final de sus días cien daños. Cien daños de soledad.

José Luis Logar