Flores de invernadero
Fátima está agachada revisando si los tomates han alcanzado su punto de madurez. Cerca de ella, Amina, sonríe al ver que su compañera hace una mueca de desagrado. No parece satisfecha con lo que ve. Un poco más atrás, Salma las observa con un pellizco de envidia, pues carece del sentido del humor de sus compañeras y siempre anda alerta por si aparece el capataz. Es tiempo de escarabajos en la comarca del Campo de Dalías, un lugar que no es un lugar, un mundo que no es un mundo, un océano techado donde los sentimientos por fuera inspiran una tristeza uniforme y por dentro estallan en preciosos colores primarios. Encerradas en enormes trenes blancos de plástico, inmóviles y huérfanos de vías sobre las que circular, ellas tres y cientos de temporeras más miden el amor, el dolor o el esfuerzo en pimientos, berenjenas y calabacines. El calor es sofocante y la penumbra resulta ser una luz tan cegadora que parece haber ahuyentado la oscuridad para siempre. Los invernáculos son infinitos, casi tanto como las estaciones que se van sucediendo. Ese capataz del que tanto recela Salma no las deja en paz; su tono de voz deviene autoritario aunque no le entiendan. Lo que sí entienden son los gestos, los susurros, los roces nada inocentes cuando pasa cerca de ellas. Los códigos masculinos son iguales, en Marruecos o en El Ejido. El último mes ha sido extenuante, los labios resecos, las manos agrietadas, los cestos a rebosar. Esta misma mañana, Fátima les ha señalado a las chicas en un viejo almanaque que tiene guardado entre sus ropas lo poco que falta para la Fiesta de las Rosas y su lluvia de pétalos en su lejana Kelaa M’Gouna. Pero el capataz ha sido muy categórico cuando se ha dado cuenta del momento de asueto: nada de distracciones y ni siquiera hoy, Primero de Mayo en Almería, habrá descanso para las esclavas. El capitalismo necesita seguir alimentando al monstruo.
José Luis Logar
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