De trazo breve y emociones eternas

Simplemente Carla


Corrió hasta perder el aliento. Le arrastraban una fuerza interior cuyo origen era incapaz de determinar y unas ansias de libertad tan grandes que cualquier cadena hubiese resultado de papel. También se había sumado a todo lo demás el miedo. El miedo, agazapado, esperando pacientemente su turno, ese ser atávico que es como de la familia y que se transmite de generación en generación como una mala gripe. Pero en realidad Carlos no era más que un prisionero como otro cualquiera, encerrado en una mente carcelera que imponía sus normas y a la que acompañaba un cuerpo que no sentía suyo. Carla tenía diecisiete años, los mismos que Carlos, pero Carla era más fuerte. Siempre lo fue. Siempre supo que ganaría la batalla. Y había llegado el momento. El cambio era irreversible. Por eso corría Carla y por eso, al darse la vuelta, vio a Carlos sonriéndole y vocalizando un mudo adiós en el aire. Solo dos palabras, rectificación registral, habían bastado. Y un verbo, un hermoso verbo regular de la primera conjugación, reasignar. Es decir, volver a empezar, regresar al principio, renombrar, renombrarse, reconocerse al fin. Aquella mañana en la consulta, Carla había sido de repente consciente de lo que había supuesto para sus padres su infelicidad, sus eternas noches en vela, sus aciagos días de angustia. Carla entendía como nadie el dolor porque ella era el dolor. Los miró con ternura, con ese cariño de quien asume el sufrimiento en primera persona y necesita absorberlo para librar a los demás de su tiranía. El médico también fue consciente del nacimiento de ese nuevo día; por eso, cogiéndola de la mano, le dijo una frase que nunca olvidaría: «Cualquier acto es pasado tras un batir de párpados. Cualquier acto es presente si has tomado aliento para vivirlo. Cualquier acto es futuro si tienes la capacidad de esperar».

José Luis Logar