Me lo contó una ola
En el mar, las tormentas hacen menos daño, porque llueve sobre mojado. Son las mismas aguas, las de arriba y las de abajo, las que se magullan entre iguales, sin lastimarse de verdad, las que se dejan caer sin miedo, como lágrimas que se reencuentran después de mucho tiempo. Esa es una de las leyes de la lluvia: que haya golpes sin herida, como forma de aventar la mala suerte, de deshacer el sortilegio, de fundirse en un solo cuerpo que volverá a desgajarse y evaporarse, perpetuando el ciclo. El secreto de la lluvia en el mar me lo contó una ola, después de que asomase lentamente por la boca de las caracolas la espuma de la verdad. Luego la ola se marchó y no volví a verla. Vinieron otras, casi iguales, pero ya ninguna me hablaría de aquellos prodigios. Mientras, sigo aquí en este promontorio, con el alma convertida en oxidado hierro, observando cómo el agua parece burlarse de mí, mientras las flores que ponen a mis pies se marchitan. Solo soy una mujer mirando a ese infinito cuya insondable lejanía impide que un barco acabe por regresar a puerto. He perdido la cuenta de los años que me robó la tempestad, iracunda tormenta cuyo recuerdo me mortifica. Pero lo peor es la ausencia. A veces la ausencia se convierte en una presencia que ya nunca nos abandona. Y esa presencia es la suya, no es él, porque él no va a regresar, porque Carmen no le protegió como debiera, aunque cada mes de julio le regalen los oídos, esposas de marineros que sí duermen en casa. Yo solo puedo contemplar el acuoso cementerio donde la muerte cuida de los suyos y no devuelve prisioneros. Hoy llueve de nuevo y otra mujer desconsolada ha venido a dejar una nota junto a mí: “Solo el amor resiste contra el tiempo / solo el dolor camina en paralelo / solo el amor se cruza con el viento / solo el dolor maldice el aguacero. / Dolor y amor jamás tendrán consuelo”.
José Luis Logar
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