De trazo breve y emociones eternas

PAROLE, PAROLE.


Mi viejo profesor de literatura, don Enrique Galván, amaba las palabras por encima de todo. No soportaba a los pedantes que querían apropiarse del lenguaje, ni a los estetas, ni tampoco a los coleccionistas de citas. Era un purista de la vieja escuela; se repanchingaba en su silla con los brazos arqueados, dibujando en el aire una vaga pose de ánfora y metiendo las manos en el interior de los bolsillos de su chaleco. Parecía dormirse mientras nos escuchaba leer, pero nada más lejos de la realidad; cualquier tropiezo en la entonación, cualquier alteración del tono de voz, era saludado con un bufido reprobador. Nos animaba a domar las palabras, a las que consideraba pequeños potros salvajes a los que era necesario embridar, pero desde el mimo, desde el respeto a su libertad. “Cada uno puede hablar como quiera porque las palabras son de nadie y, si el silencio no las atrapa, son del aire. Las palabras son solo cuerpo cuando se agrupan, cuando se cansan, cuando se aúpan y son pensamiento”, solía repetir a menudo y luego se quedaba pensando. Seguramente en la libertad de las palabras, en esa fuerza arrolladora como un torrente que discurre ajeno a los diques que intentan contenerlas. Don Enrique creía que los únicos agentes de la autoridad habilitados para marcarles el paso eran los signos de puntuación. Insistía en que “esparcir comas por el texto es sembrar pausas para que las letras se den un respiro y puedan cogerse otra vez de la mano”. Todavía hoy recuerdo muchas de sus enseñanzas, como que no hay templo en el que rezarle a las palabras, como que los silencios se alimentan de palabras nunca dichas, y que su sonido siempre es más ruidoso, más vivo, más importante de lo que creemos. No podemos callar a gritos, tenemos que usar la palabra, ahora, aunque solo sea para decir alto y claro: “NO A LA GUERRA”.

 

José Luis Logar