DETRÁS DE LA PIEL
El otoño llevaba días aguardando pacientemente a que el sol, por lo general perezoso, se decidiese a no aparecer. Pero para el sol, tres meses al año de exposición sofocante nunca eran suficientes y se empeñaba en volver a resucitar cada mañana, invadiendo así un lapso temporal que ya no le correspondía. Puro ego de astro rey. Habían sido meses sofocantes más allá del rellano del 3º A. En el interior de ese hogar, otro astro rey administraba risas ahogadas, muebles corridos y toda suerte de algarabías. En la pared del piso contiguo, mi pared, terminaban las ondas expansivas del estío. Así sonaba ese mundo paralelo, ese universo de al lado, desde mi 3º B. Pero si prestabas la debida atención, no había risas, se adivinaban llantos contenidos; los muebles no se movían para limpiar, sino que se percibía claramente que eran pateados y la algarabía no era tal, sino voces de niños implorando el verbo “parar”. A la mañana siguiente, cuando me cruzaba con Carmen se repetía invariablemente el ritual; saludo de cortesía, sonrisa esquiva y una espesa máscara de maquillaje cubriendo la piel lacerada.
Como todo tiene un límite, el otoño se enojó y su carácter a veces borrascoso se impuso a su dócil vertiente, la melancolía, por lo que decidió pintar de gris el cielo, embaldosarlo de nubes y soplar con todas sus fuerzas para ahuyentar al intruso. En Comisaría saludaron la llegada de la nueva estación, incluso con alivio. Habían acudido varias veces a remediar las altas temperaturas en el 3.º A, pero al final, los dominios del astro rey resultaban ser siempre una isla templada que creía en la brisa. Sin embargo, esta vez la tormenta había cambiado de bando y no hubo manera de deshacer el nublado. Pálido y ojeroso, el sol intentó despedirse antes de asumir que no era el dueño del calendario y que aquel verano, como todos los anteriores, había caducado. Carmen abrazó el otoño como se abrazan las cosas largamente esperadas. Dejó de temblar, dejó de darse la vuelta por la calle de manera instintiva; volvió a sonreír y una mañana, mientras yo no estaba en casa, introdujo su estuche de maquillaje por la ranura de mi buzón con una sencilla nota que rezaba: “Gracias”. El invierno nunca más volvería a ser riguroso.
José Luis Logar
Escríbenos