De trazo breve y emociones eternas

ICE… WIDE SHUT

El zumbido del televisor lo va adormeciendo todo a mí alrededor. Como una especie de anestesia ambiental, el bajo volumen se va filtrando por la casa, llegando casi a convertirse en esa fase previa que anticipa el silencio. Las imágenes que salen en pantalla muestran tumultos, gentes con pancartas gritando, tipos armados con las caras tapadas encañonando a personas a las que obligan a salir de los coches. Empujones, gritos, golpes, violencia en todas sus formas. Se asemeja a una mala película de bajo presupuesto. Pero son las noticias. Es esa realidad tangible que ha convertido a un país en un rancho habitado por hombres gordos con escopetas. Un largometraje documental que se extiende como una metástasis que impone su ley. De todas las secuencias de imágenes, una me deja perplejo. Es un niño de apenas seis años, sentadito en una silla con unos auriculares puestos, frente a un juez que le pregunta si sabe lo que es estar detenido y lo que es un abogado. El niño, al que desde los cascos le van traduciendo, mueve la cabeza en señal de que no tiene ni idea de lo que le está contando. Resulta surrealista y delirante, pero a la vez terriblemente descorazonador. Mi padre, al que no he oído acercarse, está de pie junto al sofá, mirando hacia la pantalla con las manos sobre las caderas y la cara descompuesta. “La seguridad sin libertad es la coartada que busca el fascismo. La libertad, aun sin seguridad, te permite elegir qué clase de seguridad no quieres”. Lo ha dicho mascullando y se ha marchado casi sin hacer ruido, como cuando poda el jardín y limpia la piscina del señor Coleman. Desde que llegamos de Managua, el ruido y el acento son nuestros peores enemigos.

José Luis Logar