De trazo breve y emociones eternas

POLONIO NUNCA ENTENDIÓ NADA

 

Dentro de una semana, mi tía abuela hubiera cumplido cien años, pero Ofelia, la dulce y divertida Ofelia, se ha quedado a las puertas del siglo o, como ella misma decía, de la eternidad. Lo cierto es que a Ofelia, el tiempo dejó de interesarle a los veinte.  Su propia eternidad empezó sin haberse marchitado aún la lozanía. Quedarte preñada a esa edad, en una sociedad como en la que le tocó vivir y con toda la vida por delante para criar al fruto de tu vergüenza, resultaba una tarea ímproba. Y Jaime, de quien nunca se supo quién era el padre, resultó fatigoso y vergonzante en muchos momentos de su azarosa existencia. Pero Ofelia le adoraba, le consentía, le perdonaba; “mi Jaimlet”, como cariñosamente le llamaba, estaba por encima del bien y del mal, sobre todo del mal.

 

La miro y, a través del cristal de la sala del tanatorio, contemplo su rostro ausente y sereno, pálido, carente de todo sufrimiento. Siempre había tenido por mí una extraña inclinación que nadie en la familia entendía. Quizá porque la escuchaba, porque me reía sinceramente con sus anécdotas y sobre todo porque nunca la juzgaba. Ofelia era celosamente libre en sus afectos y yo formaba parte de ellos. Por eso dispuso que fuese yo quien, llegado el momento, cuando ya no se pudiera mover de su lecho, comprase pétalos de flores y los esparciese alrededor de su cuerpo. A todo el mundo le pareció una más de sus tantas extravagancias, pero Ofelia, la dulce Ofelia, siempre romántica y alegre, quiso hacerle un último guiño al destino. Nadie reparó en que pretendía, en sus últimos momentos, recrear a su manera la obra pictórica “Ophelia” de John Everett Millais, un cuadro inspirado en Shakespeare, que le impactó emocionalmente durante el transcurso de un viaje a Londres. Como tantas otras veces, los demás no entendieron su sentido del humor.  Poco antes de abandonarnos, me hizo señas para que me acercara a la cama, insistiéndome con ironía en que tuviese cuidado de no mojarme los pies en el río. Yo estaba convencido de que por fin me sería revelado el gran secreto de la familia, que no era otro que la identidad del padre de “su Jaimlet”, y entonces me susurró al oído: “El desamor es como el vino. Él vino y luego se marchó“.

José Luis Logar