De trazo breve y emociones eternas

No me quiero morir en febrero

 

Yo no quiero morirme en febrero. Es un mes inacabado y, por ende, demasiado corto, incluso para ser vivido. Además, es un mes asimétrico, emparedado entre enero y marzo, asfixiado por dos meses treintañeros, burlones, que se ríen de los tres días de ventaja que le sacan. Es normal que febrero sufra por ser canijo, además de que es un mes que se escarcha y que se acobarda ante la primavera. No, febrero no es definitivamente un buen mes para morir. De tener que dejar este mundo, que sea en un mes otoñal, de esos de los que te esperas cualquier cosa, desde una nota discordante a una lágrima furtiva. Porque, por ejemplo, no te puedes morir en verano; los meses son demasiado luminosos y sería un desperdicio. Imagínate morirte en lo mejor del año, justo antes de que la uva nos regale su sangre y nuestro buen juicio haya decidido apostar por la inmortalidad fugaz, engañando a un puñado de neuronas mareadas. ¿Y dejarlo para más tarde?  Depende. Porque morirse después de agosto, cuando tres de cada cuatro meses acaban en “iembre”, es como morirte varias veces. La muerte soporta mal la multiplicidad. Solo hay una opción para evitar esa monotonía del año en curso y es morirse en octubre.  Es un mes gris, pero cálido; triste, pero dulcemente melancólico; desesperanzado, pero increíblemente sexy. No me atrevo a confesarle todos estos pensamientos a mi mujer, sentada a mi lado en estos momentos, en la sala de espera del dentista, en pleno mes de febrero. Con su habitual lucidez seguro que sentencia… “Como si pudieras elegir”.

 

José Luis Logar