Albricias
Todas las mañanas mis vecinos me despertaban con un ruido muy característico. Era una especie de silbido prolongado de trompetilla ronca que imitaba la berrea del ciervo. Nunca supe qué demonios de artilugio podía sonar de esa manera, solo que acto seguido, los niños se alborotaban y apenas media hora después, sus voces repiqueteaban en la piscina. Desde mi terraza, rodeado de un azul intenso, contemplaba la vida desplegándose en todo su esplendor. Familias enteras chapoteaban, tomaban el sol o jugaban a perseguirse buceando. Los chicos jóvenes se pavoneaban orgullosos ante damiselas que se tapaban el acné bajo enormes gafas de sol. Era un cortejo matutino que invariablemente se repetía casi hasta la hora de comer, una monótona sinfonía visual de urbanización en las afueras, la herencia temporal de una clase media advenediza que resolvía su futuro alrededor de una pileta.
Me llamó especialmente la atención la pareja que se mantenía de pie y a la vez de espaldas al resto de la gente. Había coincidido con ellos el día anterior en el descansillo. Venían del sevillano barrio de Triana y Rodrigo, que así se llamaba él, con su proverbial gracejo andaluz me contó su vida en apenas cinco minutos. Mientras observaba cómo ella señalaba algo que iba más allá de mi vista, me embriagó un leve mareo. Parecía increíble que el edificio de quince plantas en el que me hallaba, avanzase sin apenas moverse. En ese momento coincidieron dos hechos simultáneos en el tiempo. Rodrigo gritó a pleno pulmón ¡¡Dubrovnik!! mientras alguien deslizó bajo mi puerta un sobre que me recordaba, que esa noche, me tocaba otra tediosa cena de crucero en la mesa del Capitán.
José Luis Logar
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