Emoción escondida
Alejandro intentaba desviar la mirada cada vez que Eutimia le observaba en la antesala de la consulta del psicólogo. Habían coincidido varias veces en las últimas semanas y no es que le resultase desagradable, al contrario, su rostro de mujer desprendía un aura especial de bondad y equilibrio. Poco a poco se fueron conociendo e intercambiando las primeras palabras, luego conversaciones enteras y finalmente confidencias. Ella acabó llamándole cariñosamente Alex y él la interpelaba afectuosamente como Timia. De modo que Alex y Timia acabaron por ir juntos a todas partes, comportándose de esa manera tan peculiar, propia de los amantes distintos. Él apenas sonreía y ella, lejos de preocuparse, se disfrazaba de calma e intentaba arrancarle de esos silencios prolongados en los que se precipitaba. Alex se callaba pero no por pudor o prudencia, simplemente porque era incapaz de expresarle sus sentimientos a Timia. Dentro de Alex bullía el amor, aunque no supiese como verbalizarlo. Estaba convencido de que el amor era un tiempo verbal. A veces infinitivo, a veces transitivo, pero nunca abstracto. Su corazón se lo recordaba a cada instante. Y Alex y Timia eran esos dos participios que hacían que la frase fuese completa. Uno masculino y el otro femenino. No cabía neutralidad. Aprendieron a entenderse y a quererse desde esa grandeza, desde esa certeza, de que nunca habría trastorno que resultara intransitivo.
José Luis Logar
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