OTOÑO
Llora el cristal perlas de agua que por el rostro de octubre resbalan. Son tiempos de indecisión, tiempos de congoja en los que se dibujan en las ventanas tenues corazones de vaho que el calor desbarata. También son tiempos de melancolía, de esos que arropan nuestro hastío, mientras sollozamos bajo un cielo entristecido repleto de lágrimas que se diluyen en afluentes de indiferencia. A nuestro alrededor, los brazos yermos de los árboles son incapaces de retener los cuerpos secos, huérfanos y libres de esas hojas que se precipitan en la locura espiral de tolvaneras improvisadas. Es el paisaje de las ciudades, el destino de buscar cobijo incierto, de encontrar besos preñados de júbilo que quizá se oculten en las moradas. Lejos de aquí, frente al mar, barcos varados aguardarán, amainando madrugadas. Entonces nacerá el frío de noviembre que intangible, acabará por derretirse entre las garras de un invierno entrometido y bajo el manto repujado de su capa. El año morirá en diciembre, poco después de la huida de un otoño que se esconderá entre requiebros y añoranzas, entre espejos que nos devolverán los versos de una vida ya vivida y quizá los secretos de una vida que no alcanza.
José Luis Logar
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