Bola de miel
La niña llevaba unos meses huraña. Se encerraba en su habitación durante horas, no consultaba su teléfono móvil y ni siquiera se entretenía con los programas de televisión. Se pasaba horas haciendo extraños dibujos que sus padres no entendían. Cuando le preguntaban qué significado tenía lo que dibujaba, ella contestaba siempre lo mismo. “Nada, dibujo el mapa de la ternura” y volvía a sumirse en el ostracismo más absoluto. Nunca había tenido demasiadas amigas, pero últimamente escaseaban más de la cuenta. Su madre intentaba hilar con ella algún tipo de conversación, pero era inútil. “Hija, parece que estás al otro lado de las cosas”, le decía intentando llegar hasta ella. La niña transitaba por lugares que duelen, por territorios donde perderse es la única escapatoria frente a una realidad que, cada día en el colegio, resultaba ser un infierno. Y además un infierno rodeado de silencio, de modo que el silencio era un agresor más. Había aplazado varias veces la decisión, pero no porque no se atreviese. Ya nada le daba miedo, ya nada tenía sentido. Simplemente, no tomar una decisión es una manera como otra cualquiera de tomar una decisión. Y quería mucho a sus padres. Pero no podía más. La mañana que subió a la cornisa del edificio, había dejado una nota para ellos. Era un mapa de la ternura en el que había escrito: “Mamá, te pienso todo el tiempo. Papá, perdóname. Lo siento”. Luego dudó si soltarse y saltar… el vacío no es más que espacio suspendido en el tiempo. Y se dejó caer.
José Luis Logar
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