De trazo breve y emociones eternas

Días Azules

 

El anciano profesor de literatura paseaba con el niño por el parque. Le llevaba cogido de la manita con una delicadeza propia de abuelo.  El niño iba dando trompicones y se reía al intentar patear obstáculos como piedras o ramas y casi caerse. Era una mañana de otoño, de esas que una leve brisa y un sol a medio salir, no consiguen estropear. El anciano no sabía cuántos otoños le quedaban, por lo que apuraba cada instante, cada paso, cada tropiezo del niño. Le miraba y se veía a sí mismo, muchos años atrás, a medio palmo, apenas del suelo y queriendo atrapar la vida, sin saber muy bien lo que era atrapar la vida. Solo el deseo instintivo de estar. Mientras vigilaba con ternura el andar errático de su nieto, pensó en Antonio Machado, en esos últimos versos que su hermano encontró en un bolsillo de su abrigo después de su muerte tras aquella frontera maldita de tristeza y exilio.  “Estos días azules y este sol de la infancia”. Hermosas y enigmáticas palabras. Quizá el poeta no pudo nunca entonar esos versos, ponerles voz y se quedaron impresos en aquel cadáver de papel, a resguardo de la parca. Sabía que el niño no lo entendería, pero aun así, le cogió en brazos y le susurró al oído. “Todos los días son azules. Azul oscuro es la noche, azul claro la mañana. Y azul es la tristeza que se esconde, en la parte más azul de nuestra infancia.” Luego le besó, mientras una lágrima quedaba atrapada para siempre entre sus labios y el pómulo del chiquillo.

 

José Luis Logar