De trazo breve y emociones eternas

Pudo ser un accidente

 

La claridad del amanecer parecía inundar el interior del coche. Pero en realidad era simplemente una noche de fin de semana sin más ambición que la de perpetuarse y envolver nuestra felicidad, una de esas falsas madrugadas de neón donde todo resulta blanco y brillante.

 

Las falsas madrugadas tienen eso, siempre son una promesa de algo, un deseo de alguien, un sueño secreto ubicado en algún lugar indeterminado.  

 

El sonido envolvente de la radio suponía un letargo salpicado de canciones que no daban tregua. Un zumbido monótono, dulce y embriagador, que transportaba ecos de otras épocas, porque el sinfín que sonaba, contenía canciones que habían sido éxitos en otros momentos de otras vidas.

 

El volante movía nuestro destino. Yo conducía seguro de mí mismo. No había pretérito, no había futuro. Solo presente. Aún te recuerdo mirándome, enamorada, escrutando mi perfil adolescente, convencida de que sería el hombre de tu vida. Los dos sonreíamos complacidos ante cada giro del destino mientras el parabrisas no podía contener el viento que alborotaba nuestros cabellos. El viaje era un pretexto para la eternidad latente, porque aquello debía ser lo más parecido a la dicha completa. Pensé en nosotros como fugitivos, como amantes, huyendo de un destino marcado. Iba a susurrártelo al oído… cuando casi nos saca de la pista el golpetazo que nos dio el vehículo n. º 23 de los autos de choque.

José Luis Logar