Almas de periferia
“Melón gordo, melón dulce, melón bueno, el que se deja comer”, grita el hombre a pleno pulmón delante de un viejo furgón aparcado en la esquina sur de la plaza del barrio. Las estrías verdes y amarillentas que asoman por el portón trasero del vehículo son una invitación. Como lo es el precio. Tres melones por cinco euros. A su vez, bajo la pérgola de la puerta de entrada al supermercado, una mujer africana, sin hogar, que acumula todos sus enseres en un carro de la compra, habla por su teléfono móvil, ajena a los gritos del melonero, mientras intenta zafarse del sol bajo un paraguas improvisado. Está ahí todas las mañanas, mirando al vacío, esperando recaudar la voluntad antes del mediodía. En medio de otros sonidos propios del estío, grupos de jubilados hacen cola ante el quiosco de la ONCE para comprar el cupón diario mientras despellejan al gobierno por su ineficacia para gestionar los problemas del país. Cualquier problema da lo mismo: la carestía de los precios, la sanidad, la educación, el asunto catalán. En la esquina opuesta, Huan, al que todos llaman Juan, aprovecha un leve nublado para regar las macetas que te reciben cuando vas a entrar en su bazar chino, un bazar de esos de todo a cien que, desde la dinastía Ming, no vende a ese precio. Por supuesto, no pueden faltar los esforzados deportistas, desde apolíneos tatuados que ahora se autodefinen como “runners”, a vejetes sudorosos sin camiseta que cruzan por la plaza, con la determinación de un peregrino haciendo el Camino de Santiago. Como extras deambulando por un decorado, todas las personas del barrio, se juntan y se separan, confluyen y huyen, se cruzan o se evitan en movimientos elípticos que conforman un hipnótico baile de verano. Las vecinas se paran unas a otras para saludarse, o se interpelan para contarse lo que les duelen los huesos, lo bien que les van las pastillas o el resultado de la última analítica que acaban de recoger del ambulatorio. Así, cada mañana, las almas del barrio van consumiendo su trocito de eternidad, vagabundeando por la periferia e intentando vivir algo que se parece a la inmortalidad. Porque todos queremos ser inmortales, aunque la inmortalidad solo dure un rato.
José Luis Logar
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