De trazo breve y emociones eternas

NEÑES DE HUMO

 

A finales de aquel mes de agosto, la Montaña Central empezaba a adormecerse perezosamente, mientras cada hogar de la comarca procedía al recuento de los suyos antes de servir la cena. Una penumbra de lóbrega antracita, se precipitó sin solución sobre los sueños de quienes iban a dormir entre sus propias sabanas. Los menos afortunados, algunos hijos de la jacobea Mieres, junto a otros venidos de terruños mucho más al norte, tendrían que sudar de madrugada venciendo el sueño para poder rellenar los platos de comida de la siguiente cena. Ellos ya tenían sobre sus cabezas, su propia sombra, densa, porosa, apenas iluminada. 

 

Pasadas las tres de la madrugada, las entrañas de Nicolasa, pobladas en esos momentos de pálidos espectros que la horadaban, sufrieron lo que parecía un imparable y terrible espasmo en la octava capa, entre la cuarta y la quinta costilla, aproximadamente a unos cuatrocientos metros de la boca. La noche se hizo aún más noche. La oscuridad se llenó de oscuridad. El arañado y negro vientre de la tierra, se empachó de polvo. Hasta el silencio fue más silencio que nunca, preludiando el final de la vida. Un final que tiene mucho que ver con la física. Las leyes de la física no son románticas. Son frías y matemáticas, congruentes incluso. Pero las hay mucho más aterradoras todavía, porque están ahí, en las paredes que nos rodean, en zonas de relajación que se han dedicado a revestir huecos, espacios, recovecos. Esas son las leyes de la química y cuando el lugar vacío, oscuro y sofocante que ocupa tu entorno se inflama, la tragedia llega a su último acto. Un caprichoso gas afrancesado se cobró el futuro de catorce hombres. Un cuantioso botín para la tierra, que siempre, tarde o temprano, comparte con el mar su lista de agravios. Las gentes de la mina, la solidaria hermandad del pozu, las viudas y los huérfanos que lo fueron antes de ese día, y vuelven  a revivirlo, se pusieron a llorar, como tantas otras veces, entre coronas fúnebres y falsas lágrimas oficiales. La tristeza recorrió las galerías, se coló entre las rocas amontonadas como recuerdos de una promesa que nunca se cumpliría, como una pobre turba que se ha quedado sin aire, como una cuenca sin ojos, sin manos, sin corazón. Todos quisieron saber la verdad, pero la única verdad es que ese día, Santa Bárbara no acudió.

José Luis Logar