LOS HERMANOS DE SET
Posible e Imposible eran hermanos. Pero no hermanos en el sentido fraternal del término. Ni siquiera en el sentido figurado. Biológicamente, eran gemelos, tan iguales como físicamente indistinguibles. Pero en su día a día, en su carácter, en su proceder… se mostraban antagónicos. Pese a su condición gemelar, el primero en nacer heredó la parte positiva de la línea familiar. El segundo, sin embargo, resulto ser el antónimo perfecto.
De niños, uno empezó a andar mucho antes que el otro. Posible se soltó primero, mientras su hermano tropezaba a cada paso. “Imposible que ande” pensó su madre. Cuando empezaron a hablar, ocurrió lo mismo. El mayor superó fácilmente el balbuceo, pero con el pequeño, hilar una frase medianamente coherente se antojaba una tarea acorde con su nombre.
Al llegar a la adolescencia, las cosas no mejoraron sustancialmente. El pequeño tenía un carácter indómito, contestón, rebelde, que imposibilitaba razonar con él. En cambio, el mayor, más obediente, pausado y ecuánime, posibilitaba cualquier entendimiento y por extensión, el acuerdo.
El patrón de comportamiento se repetía también fuera del ámbito familiar. En la academia de inglés del barrio, al primogénito lo llamaban cariñosamente “pósibol”. Siempre atendía a las explicaciones, aportaba en clase, era lo que su profesor definía como “able to be done”, un tipo capaz. Por el contrario, con el benjamín no había manera de hacer carrera. La junta de evaluación le tachaba sistemáticamente de “Impracticable”, por lo que se quedó con el mote de tres letras “Imp”, que en la lengua de la pérfida Albión también significaba, diablillo.
Pese a todo, sus padres, que los adoraban por igual, tenían claro cuando recurrir a cada uno de sus hijos si los necesitaban. Para arrastrar el carro de la compra, por ejemplo, acudían a Posible. Como para casi todas las cosas que requerían destreza, maña o simplemente fuerza. Por el contrario, cuando el asunto versaba sobre temas menos terrenales, menos cotidianos, como llegar a fin de mes, comprarse un coche nuevo o apostar a la lotería, entonces el protagonista absoluto era Imposible. Y eso que su madre, saltándose la línea materno-filial, solicitaba la intercesión de San Judas Tadeo o Santa Rita.
Con respeto al asunto del enamoramiento, los resultados fueron desiguales.
Como casi todo en sus azarosas vidas. Uno tanteó sus posibles opciones y le salieron bien. El otro se empeñó en un amor inviable, inaccesible, alumbrando un proyecto de vida absolutamente irrealizable, una aventura que todos sabían que acabaría haciéndole daño. El consejo de sus amigos fue premonitorio. “Pedir eso, es pedir un imposible.”
El tiempo, bálsamo reparador por lo general, no hizo del todo su trabajo. Las diferencias entre hermanos, aunque nunca consiguieron limarse del todo, dieron paso a una suerte de tregua, a un pacto de no agresión que cada uno de ellos respeta sin perder un ápice de su esencia. A día de hoy, entre ambos, nada ha cambiado. Empatar sigue siendo el mejor verbo transitivo que existe. ¿Llegar a quererse? Bueno, entra dentro de lo posible. ¿Ponerse de acuerdo?, imposible.
José Luis Logar
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