Morituri
La muerte me abrazaba como si no hubiese un mañana. Y no lo había. Por eso ella estaba allí, dándome consuelo. Siempre pensé que mis últimos momentos no serían tiernos, ni fraternales. Pero a veces la vida no acierta y la ternura brota en medio del final de las cosas. Y me abrazaba fuerte, tanto que no podía respirar. No era que la muerte quisiera matarme, quería acunarme, estar conmigo hasta el último momento. Pero la muerte, de tanto apretarme, se estaba llevando la poca vida que me quedaba. No era flaca, ni cadavérica, ni tenía azada, pero era la muerte, de eso estaba seguro. Solos, ella y yo, en medio de aquel prado bombardeado, flanqueados por hierros retorcidos, sintiendo cómo sus dedos intentaban abrirse paso entre mis cabellos apelmazados de sangre.
A los lejos, chimeneas de humo, estruendos machacones reventando la tierra, asesinos silenciosos a siete mil metros de altura, gente asustada intentando huir, cada uno a su manera, de un final imposible de evitar. Todo parecía irreal, como envuelto en una vieja sintonía de radio que oyes pero no escuchas. Entonces, la muerte me sonrió y supe que había llegado el momento. Le devolví la sonrisa, más por dolor que por cortesía. Y mis ojos se fueron cerrando. Lo último que escuché fueron las sirenas de Zaporiya, desvaneciéndose en mi mente como el humo de…
José Luis Logar
Escríbenos