De trazo breve y emociones eternas

Salmuera

  

Nadie sabía de quien era el cuerpo. La excavación estaba rodeada de misterio y las informaciones al respecto, eran contradictorias. Unos decían que había aparecido en una zanja al lado de una planta potabilizadora; otros que lo había encontrado un residente británico que paseaba por la pedanía de Los Sáez. Resultaba hasta gracioso ver en el periódico local al guiri dando explicaciones sobre el hallazgo de un esqueleto de nuestra Guerra Civil, máxime cuando lo hacía ataviado con sandalias y calcetines, un calzado que de por sí solo ya merecía una declaración de contienda fratricida. 

 

Lo cierto es que el esqueleto parecía pertenecer a un varón que vestía ropajes de combate, fechados alrededor de 1937. Junto a él, los restos de una bayoneta y lo más sorprendente, un pequeño saco de sal que se mantenía incorrupta en el bolsillo de su zamarra.  Pronto se esparcieron historias y leyendas por el pueblo, como el cloruro sódico sobre un guiso. Unos decían que era un miliciano republicano, otros que un oficial del bando nacional. Las dos Españas se enzarzaron durante semanas en especulaciones para averiguar la verdad. La de la memoria histórica y la de la desmemoria histérica. Y después de tres años el esqueleto siguió allí, sin poder identificarse, sin que nadie conociese su verdad, porque la verdad no importaba. Llevar la razón era el objetivo. En la piel de toro, esa era la única sal de la vida.

  

José Luis Logar